1187. Quemar los barcos

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Durante más de un año he vivido con una salida de emergencia abierta.

No volvía.

No insistía.

No pedía nada.

Pero tampoco cerraba.

Siempre había un hilo.

Un mensaje.

Una consulta.

Una excusa mínima para que el contacto no desapareciera del todo.

Y yo respondía.

No por esperanza.

No por ingenuidad.

Sino porque soy una persona que cuida.

Pero cuidar cuando ya no te cuidan no es amor.

Es desgaste.

Lo más difícil no fue aceptar que la historia terminó.

Lo más difícil fue aceptar que lo que quedaba ya no era vínculo… era acceso.

Y yo no quiero ser acceso en la vida de nadie.

Durante mucho tiempo pensé que quemar los barcos era traicionar lo que sentí.

Hoy entiendo que no quemarlos era traicionarme a mí.

No se trata de borrar el pasado.

No se trata de fingir que no hubo intensidad, ternura, verdad.

Hubo.

Y fue real.

Pero no todo lo que es real está destinado a quedarse.

Hay amores que enseñan.

Hay vínculos que despiertan.

Y hay despedidas que no se hacen con palabras, sino con límites.

Quemar los barcos no es hacer ruido.

Es dejar de estar disponible cuando ya no eres elección.

Es entender que ayudar no puede convertirse en la forma de seguir presente.

Y si algo se remueve al leer esto, no es reproche.

Es conciencia.

Porque a veces no hace falta odiar para cerrar.

Hace falta aceptar.

Y aceptar también es una forma de amar.

Pero esta vez… hacia dentro.

Y quien alguna vez fue hogar, debería entender que quedarse a medias también deja cicatrices.

Continuará…

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