Durante mucho tiempo fui el chico que preguntaba:
“¿He hecho algo mal?”
“¿Estás enfadada conmigo?”
“Perdón.”
“¿Estamos bien?”
Fui el que cargaba con la culpa antes de saber si la tenía.
El que se encogía para no perder.
El que sentía mucho… pero decía poco.
No porque no tuviera emociones.
Sino porque no sabía cómo soltarlas.
Aprendí a soportar.
Aprendí a tragar.
Aprendí a pensar que amar era aguantar.
Y ayer pasó algo curioso.
Hablamos.
Cincuenta y seis minutos.
Y en medio de la conversación escuché una frase que me hizo detenerme:
“Es increíble cuánto has hablado hoy.”
Y sí.
He hablado.
He hablado porque llevo meses aprendiendo a hacerlo, llevo mucho trabajo detrás de este proceso.
Porque he estado escribiendo.
Porque me he estado enfrentando a lo que siento en lugar de esconderlo.
Porque he dejado de vivir con el miedo constante a incomodar.
Ya no soy el que se queda callado por temor a perder.
Ya no soy el que guarda lo que siente para no tensar el ambiente.
Ya no soy el que carga todo en silencio creyendo que eso es amar.
He trabajado mucho para aprender a diferenciar lo que tengo dentro, para poder explicar lo que siento sin sentir vergüenza al hacerlo.
Para no huir de mis emociones.
Para no pedir perdón por tenerlas.
Ayer no hablé para convencer.
No hablé para recuperar.
No hablé para justificarme.
Hablé porque ahora puedo hacerlo, porque ya no tengo miedo.
Y eso, aunque la historia haya terminado, es una victoria que nadie puede quitarme.
Quizá no supimos sostener lo que tuvimos.
Quizá no caminábamos al mismo ritmo.
Quizá el final era inevitable.
Pero si algo me llevo de todo esto es esto:
Ya no soy el hombre que se pierde por no saber expresar lo que siente.
Y quien me conoció en silencio, hoy tendría que reconocer que el que habla ya no es el mismo.
Continuará…
Deja un comentario