Hay tantas maneras de mostrar afecto: con palabras, con miradas, con pequeños gestos que expresan lo que a veces no podemos decir.
Cada persona tiene su propio lenguaje para ofrecer cariño, para transmitir ese amor que, aunque no siempre se exprese en voz alta, se siente profundamente.
Por mucho tiempo no entendí cómo algo tan simple podía cargar con tanto significado. Me parecía un gesto extraño, algo que no encajaba del todo en mi manera de relacionarme con los demás. El acercarme tanto a alguien, compartir mi espacio de esa forma tan íntima, me generaba incomodidad.
Siempre preferí la distancia, seguramente por mi falta de confianza, por mi inseguridad, prefería los gestos más sutiles.
Los abrazos me parecían innecesarios, hasta que, de repente, me di cuenta de que algo dentro de mí empezaba a cambiar.
No recuerdo el momento exacto, ni siquiera cuándo se hizo evidente, pero me volví adicto a tu ellos y aún más a los tuyos, cuya calidez… me refuerza al mismo tiempo que derrumba todas mis defensas.
Algo en tus abrazos, esa forma tan única de envolverme, empezó a tranquilizarme, a darme una sensación de paz que no encontraba en otro lado.
Aquello que antes me incomodaba se transformó en una necesidad. Tus abrazos parecían rodear mi alma, aliviando así mis preocupaciones y mi ansiedad con la misma facilidad con la que tu respiras. Algo en ese contacto me hacía sentir tan bien, como si por un instante, el mundo se volviera más lento y suave. Esa es una sensación que no había experimentado antes y que ahora, por desgracia, aunque no quiero dejar ir, he dejado de poder disfrutar.
No es solo el calor físico que me aportaba, sino la seguridad que me transmitían. En tu abrazo, encontraba consuelo sin palabras, una protección que no necesitaba ser explicada. Al principio, pensaba que un abrazo no podía tener tanto poder, que tus palabras eran más efectivas para hacerme sentir querido pero ahora sé que no es así, que me hacían tantísimo bien.
Un abrazo, ese contacto físico tan sencillo, tiene la capacidad de transmitir lo que las palabras no pueden. Es un refugio, un espacio donde no hace falta decir nada para sentirse comprendido.
Con el tiempo, me di cuenta de que es una forma de conexión mucho más profunda de lo que había imaginado. Es un acto de vulnerabilidad, una manera de decir «estoy aquí» sin necesidad de decir ni una sola palabra. Me volví adicto a esa vulnerabilidad, a ese gesto tan genuino que sobre todo se repetía al irnos a dormir. He aprendido que no hay debilidad sino todo lo contrario: Es un acto de fortaleza, de confiar en el otro y en uno mismo, de abrirse al cariño sin reservas.
Cada vez que te abrazaba, sentía que el mundo desaparecía, que no había más preocupaciones, que todo se reducía a ese momento, a ese gesto de afecto que compartíamos. El tiempo parecía detenerse, y lo que más me sorprende es cómo un gesto tan simple podía ofrecerme tanto fuerza como consuelo.
Es, en ese abrazo, donde me sentía verdaderamente libre, donde el peso del día, de los miedos y de las inseguridades, se disolvían, una sensación que no quiero olvidar.
Ya no me siento incómodo con la cercanía, al contrario, me siento agradecido por cada uno de esos momentos que compartíamos en silencio.
Permíteme abrazarte, dejame envolverme en tu calidez, en esa sensación que, ahora, me parece imprescindible. Permíteme encontrar en tu abrazo el consuelo que me reconcilia conmigo mismo, el refugio que me permite respirar con más facilidad.
Aunque no recuerde el primer abrazo, lo que sí sé es que cada vez que me envolvías, el mundo se volvía más sencillo, más amable, un lugar donde podía ser yo mismo sin miedos, sin barreras y aunque al principio no entendía su poder, ahora sé que es mucho más que un simple gesto: es un lenguaje profundo, un medio para transmitir lo que no se puede decir de otra forma.
Permiteme abrazarte, porque en cada uno de esos gestos sencillos descubrí lo que realmente significa sentirme en casa, en paz, en compañía y, aunque el primer abrazo sea solo un recuerdo vago, lo que siento ahora es lo que importa, lo que realmente quiero, lo que por desgracia… no puedo.
Permíteme abrazarte…
Continuará…
Replica a Lincol Martín Cancelar la respuesta