Hoy, al igual que en tantas otras ocasiones, me encuentro escribiendo para ti. Ya no es algo nuevo, comencé este blog para ir desahogándome, descubriéndome y para aprender a exteriorizar mis sentimientos y ahora, escribo sobre lo que siento por ti constantemente y aunque conoces la dirección del mismo sé que lo que has leído es puntual, por tanto, esto puedes verlo, o no.
Mis pensamientos, mis sentimientos, mis inquietudes, todo lo que mi corazón guarda lo voy plasmando en palabras, pero siempre en silencio, en la “privacidad” que me otorga la pantalla de mi teléfono o de mi portátil.
Es curioso cómo escribo tanto sobre ti, cómo te conviertes en la inspiración detrás de cada palabra, pero al mismo tiempo nunca fui capaz de ser tan claro al decírtelo en persona. Es como si hubiera una barrera invisible entre mi corazón y mis labios, una barrera que me impedía compartir contigo lo que siento, lo que he estado guardando tanto tiempo. Lo descubrí tarde, la maldita alexitimia, la otra causa por la que comencé con este blog.
A menudo, otras personas, incluso desconocidos, me dicen lo mismo. Me aconsejan, me animan, me recuerdan que no debo quedarme callado, que debo ser honesto. «Díselo», me dicen, «si te importa, ¿por qué no le dices lo que sientes?» Y la verdad es que no puedo evitar preguntarme por qué es tan fácil para ellos, por qué pueden ver lo que yo soy incapaz de reconocer y comunicar. Personas ajenas a mis sentimientos, que no están involucradas en la complejidad de lo que siento, lo ven con claridad. Y aún así, aquí estoy, escribiendo para ti, pero sin ser capaz de decírtelo a ti directamente.
Es como si mis emociones estuvieran atrapadas en un limbo, donde las palabras se pierden antes de llegar a ti. Cada vez que intento abrirme, el miedo me frena. El miedo al rechazo, a que las cosas cambien, a que lo que tengo en mi mente y en mi corazón no sea lo que tú esperas, o a que simplemente no lo sientas de la misma manera. Y entonces, la duda se apodera de mí y regreso a mi refugio: las palabras no dichas, las cartas nunca enviadas, los mensajes que nunca llegaste a leer.
Sin embargo, ya no quiero seguir así. Ya no quiero esconderme detrás de la comodidad de las palabras no pronunciadas. Cada vez que me dicen, «¿por qué no lo haces?», una parte de mí sabe que tienen razón. Es un consejo repetido por tantos, y aún así no he logrado reunir el valor suficiente. La verdad es que me estoy cansando de vivir con este temor. Me estoy cansando de escribir para ti sin que lo sepas. Me estoy cansando de callar lo que siento, de esconderlo en textos que nunca llegarán a tus manos.
Es extraño, porque aunque sabes lo que siento y que mis pensamientos te pertenecen, quizás no lo sepas de la forma en que yo quisiera por no haber sabido compartirlo como debí en su momento pero, de alguna manera, mis palabras, aunque no pronunciadas, han estado a tu alrededor todo este tiempo. Y sé que, de alguna manera, mis silencios también te han hablado.
Pero hoy, he decidido que debo ser honesto. Ya no quiero quedarme con este peso. He estado escribiendo para ti, pensando en ti, pero nunca me he atrevido a mostrarte lo que realmente soy. Y aunque los consejos de otros me llegan con claridad, la única voz que realmente necesito escuchar es la mía. Debo ser honesto conmigo mismo, con lo que siento por ti. No puedo seguir dejando que el miedo se interponga entre mi corazón y las palabras que mereces escuchar.
Así que, aunque mis dedos tiemblen al escribir esto, aunque la incertidumbre de lo que vendrá me ahogue un poco, hoy decido ser honesto. No porque los demás me lo digan, sino porque es lo que yo realmente necesito hacer. Te lo debo a ti, pero sobre todo, me lo debo a mí mismo.
Continuará…
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