A veces me siento raro.
No sé si es tristeza o sólo calma.
Es como estar suspendido en el aire, viendo todo lo que fui, todo lo que tuve y sintiendo lo distante que ahora está.
Recuerdo las risas, los abrazos, los días en los que nada me preocupaba.
También recuerdo los golpes, los momentos en los que todo se rompía y no podía hacer nada.
Los problemas me ahogan, me pesan en el pecho y aunque intento ignorarlos, siempre encuentran la forma de volver.
A veces pienso en lo peor, pero antes de llegar ahí, me pierdo en mis propios pensamientos, como si mi mente me protegiera de mi mismo.
Me siento cansado de luchar, como si todo lo que hago no sirviera de nada y sin darme cuenta, me voy apagando poco a poco.
Intento gritar, pero nadie me escucha.
Las palabras se quedan atrapadas en mi garganta, como si mi propia voz se negara a salir.
Quisiera pedir ayuda, pero el miedo me susurra que nadie me entenderá, que a todos les das igual, que estoy solo.
El mundo sigue girando, pero me quedo quieto, atrapado en un ciclo que parece no tener fin.
Cierro los ojos, esperando que el peso desaparezca, pero sólo se hace más fuerte y me hundo, cada vez más profundo.
No, no debería dejar que el miedo gane, ni que las preocupaciones sean mi sombra.
La vida sigue, siempre sigue, aunque ahora no lo vea.
Todo cambia, todo se mueve y tarde o temprano me llevará a un lugar donde nadie se esconda, donde todos podemos brillar sin miedo, sin dudas aunque ahora no lo vea.
Debo dejar que todo fluya, reír cuando tenga ganas, llorar si lo necesito, pero no quedarme atrapado en lo que duele.
«Vive. Brilla. No te detengas.»
Porque la vida no espera y me merezco vivirla.
Continuará…
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