No fue exactamente el plan que habíamos imaginado, pero terminó siendo mucho más.
El jueves por la tarde, tras salir del trabajo, conduje hasta su casa en Madrid para comenzar nuestra primera escapada juntos. Teníamos previsto subir a los Lagos de Covadonga, hacer rutas, vivir unos días de aventura… pero mi ciática se empeñó en ponerme a prueba desde el lunes. Lo que no sabía es que ella ya se había adelantado a todo eso.
Cuando llegué, en lugar de prisas o tensión, me encontré con calma. Me esperaba tranquila, con una sonrisa y un plan completamente distinto, uno que había organizado a última hora: cambiar la ruta por refugio, lo físico por lo emocional. Un lugar más cercano, más tranquilo, donde no importaba lo que hiciéramos… solo que estuviéramos juntos.
La noche comenzó con una ducha compartida que borró el cansancio del día. El viaje fue una mezcla de música, miradas y silencios que hablaban por sí solos. Al llegar, yo tenía preparada una pequeña sorpresa: una cena con mantel rojo, velas y música suave de fondo. Ella, mi pinche de cocina preferida, y yo, sintiéndome en casa por primera vez en mucho tiempo.
Después de cenar nos tumbamos frente a la chimenea y leí algo que había escrito mientras ella conducía. Su reacción —una lágrima, una sonrisa, un beso profundo— se convirtió en uno de los momentos más puros que recuerdo. Seguimos hablando durante horas, revelándonos miedos y heridas, compartiendo historias… y, en esa conversación, algo de nosotros se sanó.
El viernes fue relajado: algo de compras por la mañana, visita al spa, masaje, y vuelta a casa. Mientras preparaba la cena, en un momento, mientras cortaba el queso, pensé en todo lo que había pasado los últimos meses… y sin nombrarla, sin buscarlo, S apareció en mi mente. Pensé en todo lo que no fue, en todo lo que pesaba. Pero por primera vez, no me dolía. Porque J estaba ahí, ayudándome a sanar sin saberlo.
Esa noche fue especial. Al calor del fuego, retomamos la conversación que dejamos pendiente la noche anterior. Me abrí más que nunca. Le enseñé el blog, ese rincón donde he ido volcando todo lo que la alexitimia me había impedido expresar. Se lo mostré con miedo y respeto, pero también con la necesidad de que supiera quién soy y de dónde vengo. Su reacción fue de comprensión y orgullo, no de juicio.
El sábado fue otro día para nosotros. Un paseo cortito como nos permitieron el tiempo y mi pierna, vino en la comida, una tarde de miradas, un baño relajante para ella, cena improvisada y tumbados viendo una película, ella levantó la cabeza de mi pecho, pausó la película, me besó suavemente y me dijo al oído: “Óscar, te quiero, gracias por esto.”
Nunca antes un “te quiero” me había dejado sin palabras. Supe en ese instante que algo dentro de mí estaba cambiando. A veces no hace falta hacer mucho… a veces, simplemente estar lo cambia todo.
Y llegó el domingo.
No dormí demasiado, tenía muchas emociones por dentro. Me levanté temprano y salí a caminar mientras ella dormía, tenía mucho que pensar. A mi regreso, ella me esperaba con un desayuno improvisado y esa sonrisa suya capaz de desmontarme por completo. Pero dentro de mí ya dolía el final de la escapada, y no pude evitar preguntarle:
“¿Cómo puedes estar tan contenta mientras yo siento que se acaba algo tan bonito?”
Su respuesta fue clara, serena y profunda:
“Porque cada minuto que compartes conmigo es una alegría, no tengo motivo para entristecerme cuando estás cerca.”
Y así, una vez más, me desmontó.
Después recogimos y volvimos a Madrid. Comimos con sus padres y llegó el momento de la despedida. Se me escapó una lágrima mientras la abrazaba. Ella me la secó, me sonrió y me pidió que esperara un segundo, que se le olvidaba darme una cosa.
Volvió al instante, pero esta vez con una maleta diferente y su portátil.
“¿Qué pasa?”, pregunté.
“¿De verdad crees que después de todo lo mal que lo has pasado estos meses iba a dejarte ir solo y que pasaras el viaje y toda esta semana sobrepensando? Hice horas de más, me concedieron teletrabajo. Me voy contigo. Esta semana, dormimos juntos. Esta semana, te acompaño”.
No pude hablar. Solo la abracé.
No sé cómo se llama esto que estamos empezando a construir, pero se siente bien, se siente limpio, real… y, sobre todo, se siente como hogar.
Y ahora que estamos de vuelta, con el cuerpo cansado pero el alma encendida, puedo decir con certeza:
Hace apenas un mes vivía en una pesadilla. Ahora, estoy viviendo un sueño. Uno del que no quiero despertar. Y si lo hago, que sea con ella a mi lado.
Porque a veces, cuando menos lo esperas, la vida decide devolverte todo lo que creías perdido. Y lo hace en forma de alguien que no te exige nada, sólo te ofrece su mano… para que la tomes y camines a su lado.
Continuará…
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