La vida tiene formas extrañas de recordarnos lo frágiles que somos. A veces lo hace con una noticia que sacude, con una pérdida inesperada, con la ausencia repentina de alguien que, aunque no veías a diario, formó parte de tu historia.
Esta semana ha sido una de esas. De nuevo, otro golpe. Otra silla vacía. Otra persona que marcó mi infancia, que me cuidó cuando mis padres no podían, que fue figura, voz y mano segura durante años. Se ha ido, y aunque no estábamos tan cerca últimamente, me duele. Porque no solo era el padre de uno de mis amigos más cercanos, era parte de mi memoria, de mi crecimiento.
Y entonces, me doy cuenta de algo: la vida es frágil, tan frágil que no deberíamos dejar pasar un solo día sin decir lo que sentimos, sin abrazar a quienes amamos, sin agradecer los gestos que nos salvan sin que nadie se entere.
Hoy he pensado mucho en eso. En que no quiero irme a dormir sin haber arreglado lo que pueda arreglar. Que no quiero mantener un silencio que lastime. Que si alguien se va, no sea con palabras por decir o abrazos que no me atreví a dar.
Si alguien quiere irse de mi vida, que lo haga, pero que no sea por mi falta de gratitud, de afecto o de claridad.
Y en medio de todo este remolino, he comprendido algo importante: la mejor forma de honrar a quienes ya no están no es con silencios, ni con ceremonias tristes, ni con lágrimas escondidas.
La mejor forma es vivir por ellos.
Es reír cuando podamos, amar sin medida, abrazar sin miedo, decir lo que sentimos y no escondernos detrás de máscaras ni corazas.
Hoy, por Jesús, por todos los que se han ido, por todas las ausencias que pesan, viviremos.
Porque el amor no muere.
Porque la memoria no se apaga.
Y porque el dolor, cuando se comparte, se transforma.
Continuará…
Replica a Óscar David Cancelar la respuesta