A veces confundimos conceptos, como si fueran sinónimos intercambiables. Como si ser fiel fuera igual a ser leal. Pero no lo es.
La fidelidad es un compromiso con lo pactado. Es cumplir una promesa, no romper un acuerdo, no traicionar un vínculo. Es mantenerse dentro de los límites marcados, aunque por dentro ya no quede casi nada.
En cambio, la lealtad es otra cosa. Es algo que no se firma, que no se exige, pero que se siente o no se siente. La lealtad nace del corazón, no de una norma. Es elegir a alguien incluso cuando podrías elegir marcharte. Es decir la verdad cuando mentir sería más fácil. Es no jugar a dos caras, es no usar a las personas como salvavidas emocionales.
Y yo, que he caminado por la cuerda floja entre el amor y el dolor, entre lo que debí dejar ir y lo que me resistía a soltar, me he dado cuenta de algo:
He sido fiel, sí. Pero sobre todo, he sido leal.
He sido leal incluso cuando ya no quedaba reciprocidad. He sido leal cuando no se me pedía nada, pero yo sentía que debía estar. He sido leal con quien no supo valorar el peso de mi presencia ni la profundidad de mi silencio.
Y sí, también he cometido errores. He dudado, he fallado, he tenido miedo. Pero nunca he traicionado mi esencia. Nunca he jugado con los sentimientos de nadie. Nunca he estado con alguien mientras mi alma seguía atada a otra persona sin decíselo.
Mi lealtad no ha sido perfecta, pero ha sido real. Me he roto por dentro antes de romper una verdad. Y si alguna vez pareció que no estaba, que me alejaba, era porque necesitaba cuidarme, entenderme, reconstruirme… no porque quisiera dañar.
Ser leal duele. Porque implica quedarse cuando duele, decir lo que arde, mirar a los ojos cuando uno está roto. Porque implica no rendirse con facilidad, no soltar a la primera. Pero también implica saber irse cuando lo que está en juego es tu dignidad.
Y eso también he aprendido: que ser leal no es sinónimo de permitir que te arrastren. Que también se es leal cuando uno se marcha para no destruirse. Que hay amores que no se traicionan ni siquiera cuando se terminan.
Hoy puedo decirlo sin miedo: no soy perfecto, pero he sido de verdad. Y eso, en un mundo de atajos emocionales y promesas a medias, es mi mayor acto de amor.
Porque al final, cuando todo se apague, cuando todo se enfríe, o cuando todo se transforme… ojalá alguien recuerde esto:
“Fui tuyo incluso cuando ya no era necesario serlo. No por fidelidad, sino por lealtad.”
Continuará…
Replica a Óscar David Cancelar la respuesta