Cada tatuaje que llevo no es solo una imagen. Es una parte de mí. Un recordatorio de lo vivido, de lo aprendido y, sobre todo, de lo superado. No están ahí por estética, aunque me guste cómo lucen. Están porque en algún momento de mi vida, necesitaba dejar un mensaje grabado en la piel para no olvidarlo jamás.
El lobo del gemelo izquierdo es mi primer grito silencioso. El símbolo de la manada, del instinto de protección, de la lealtad incluso cuando duele. Lo llevo en la pierna porque me recuerda que, a pesar de todo, siempre sigo caminando. Que incluso solo, sigo adelante con la fuerza de quien no olvida su origen ni deja atrás lo que ama.
El lobo tranquilo en el brazo derecho, por fuera, representa la calma que intento sostener cada día. La serenidad aprendida, la mirada que escucha, que piensa antes de actuar. Es la parte de mí que quiere paz, que construye vínculos desde la empatía, que abraza sin condiciones.
El lobo agresivo en ese antebrazo, que completa ese brazalete invisible, es la otra cara: la que nadie suele ver pero que existe. La del dolor contenido, la del instinto que grita cuando algo duele demasiado. La que lucha cuando se ve arrinconada. Porque también soy eso: alguien que ha tenido que defenderse en silencio, sin que se note el temblor por dentro.
La pantera en el hombro derecho es sigilo y elegancia, pero también fuerza y presencia. La pantera no ataca sin razón, pero cuando lo hace, no falla. Es ese lado de mí que aprendió a sobrevivir sin perder la esencia, el que camina firme, pero con respeto. La que no necesita ser vista para saber que está ahí. Esa parte mía que ha sido herida, pero jamás ha dejado de ser feroz en su dignidad.
Anubis y Horus, en mi antebrazo izquierdo, no son solo guerreros. Son símbolos de equilibrio. Anubis, guardián del inframundo, representa todo lo que he tenido que dejar atrás, todo lo que he enterrado en el camino: viejas versiones de mí, relaciones que dolieron, pérdidas que marcaron. Es la aceptación de la muerte simbólica que implica crecer.
Horus, por su parte, es el renacer. La visión que va más allá, el ojo que todo lo ve. Es la protección, pero también la justicia. Es mirar atrás con compasión y al frente con coraje. Es la promesa que me hice de vivir con más verdad y menos miedo. De proteger lo que me importa y, sobre todo, a quien me importa.
Cada uno de estos tatuajes es una capa más de quien soy. No se borran, como tampoco se borran las huellas que la vida deja en el alma. Pero a diferencia de esas cicatrices internas, estos los elegí yo. Con plena consciencia. Con dolor, con amor y con intención. Porque esta historia, mi historia, merecía ser contada también en tinta.
Continuará…
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