Durante mucho tiempo, tuve miedo a la soledad.
A los silencios largos.
A llegar a casa y no encontrar a nadie esperándome.
Me asustaba no tener a quién contarle el día, no sentir un abrazo al final de la jornada.
Ese vacío… pesaba.
Pero con el tiempo, entendí algo que cambió mi manera de mirar todo eso.
Me crucé con personas que estaban cerca, pero no sumaban.
Que decían quererme… y aún así me dejaban roto.
Y entonces comprendí que no es la soledad la que duele, son las presencias que no saben estar.
Las que no escuchan, las que no entienden, las que prometen quedarse y se van justo cuando más necesitas que se queden.
Desde ahí, el miedo cambió de forma.
Ya no temo estar solo.
Temo rodearme de quien me apague la paz.
De quien no sepa abrazar más allá del cuerpo.
De quien esté… pero no acompañe.
Hoy, si tengo que elegir, prefiero quedarme conmigo.
Con mi silencio bien llevado.
Con mi calma.
Porque la soledad, cuando es elegida, no hiere.
Lo que hiere es compartirte con quien no sabe sostenerte.
Continuará…
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