Tercera entrada de la serie: Guerras interiores.
Desde fuera parece generosidad.
Amabilidad.
Esa capacidad de estar para todos, de ser lo que esperan, de sonreír aunque por dentro te estés cayendo.
Pero hay una línea fina entre ser buena persona… y olvidarte de ti mismo en el intento.
Es querer gustar.
A todos.
Siempre.
Y no sabes cuándo empezó.
Quizá fue cuando descubriste que si hacías lo que los demás querían, te aceptaban.
Que si callabas, te querían más.
Que si no molestabas, te abrazaban más fácil.
Y te convertiste en eso: una versión editada de ti.
Una que cuida lo que dice, lo que siente, lo que muestra.
Una que se esfuerza por no incomodar, por no decepcionar, por no ser “demasiado”.
Pero llega un día en que te miras al espejo y no sabes quién eres.
Porque llevas tanto tiempo intentando agradar… que te olvidaste de preguntarte si tú te gustas.
Si tú te abrazas.
Si tú te eliges.
Y duele.
Porque empezar a ser tú mismo implica decepcionar a muchos.
Y romper el molde.
Y aceptar que no todos se van a quedar.
Pero también alivia.
Porque los que se quedan cuando eres tú de verdad… esos sí valen la pena.
Gustarte a ti mismo no debería ser un acto de rebeldía.
Pero a veces lo es.
Porque has crecido creyendo que amar a los demás era más importante que amarte a ti.
Hoy, por fin, empiezas a entender que no.
Que ya no se trata de ser perfecto, ni correcto, ni intachable.
Se trata de ser tú, incluso con tus fallos, tus rarezas, tus bordes.
Porque gustarte a ti no es ego.
Es sobrevivencia.
Continuará…
Deja un comentario