Sexta entrada de la serie: Guerras interiores.
La mente no siempre es un refugio.
A veces es una cárcel con barrotes invisibles, donde cada pensamiento se convierte en juicio, cada recuerdo en herida, cada posibilidad en miedo.
Y no es que quieras vivir así.
Es que no sabes cómo apagar el ruido.
Piensas.
Repiensas.
Vuelves a repasar cada conversación, cada gesto, cada palabra no dicha.
Te preguntas qué habría pasado si hubieras hecho esto en lugar de aquello.
Te inventas escenarios.
Te adelantas al dolor.
Te saboteas antes de intentar.
Y la vida… se te escapa.
Mientras tú sigues enredado en tu cabeza, el presente se desdibuja.
Las oportunidades pasan.
Las personas se cansan.
Y tú te sigues preguntando si hiciste bien, si era el momento, si merecías intentarlo.
Pensar está bien.
Hasta que deja de ser análisis…
y se convierte en tortura.
Hasta que no puedes dormir.
Hasta que no puedes disfrutar.
Hasta que todo te pesa, incluso lo que aún no ha pasado.
Y ahí entiendes que no es falta de ganas.
Es exceso de pensamientos.
Es una mente tan activa, que te arrastra… y te ahoga en lugares a los que nunca llegaste.
Pero hay salida.
Y empieza en aprender a distinguir entre pensar y obsesionarse.
Entre reflexionar y castigarte.
Entre protegerte… y no dejarte vivir.
A veces no hay que pensar tanto.
A veces solo hay que sentir, respirar, dar el paso.
Y descubrir que la vida, a veces, también premia al que se atreve.
Continuará…
Replica a Mi Viaje a la Lectura Cancelar la respuesta