672. Guerras interiores (La herida que se disfraza de carácter fuerte)

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Séptima entrada de la serie: Guerras interiores.

No todo lo que parece fortaleza es fuerza.

A veces, lo que ves como carácter firme… es solo una coraza.

Un mecanismo de defensa forjado a base de decepciones, de traiciones, de heridas que nadie curó.

Porque sí, hay personas que se endurecen para no volver a romperse.

Que responden con frialdad porque ya no quieren volver a sangrar.

Que levantan muros no por arrogancia… sino por puro instinto de supervivencia.

Personas que aprendieron a hablar con firmeza porque en el pasado, cuando fueron suaves, nadie las escuchó.

Que ahora responden con distancia porque cuando se acercaron demasiado… las dejaron caer.

Y entonces aprendieron a no pedir ayuda.

A no mostrar el temblor.

A ocultar la emoción tras respuestas secas.

A disfrazar la tristeza de independencia.

Pero detrás de esa armadura hay una herida.

Una que no se cerró, solo se tapó.

Una que sigue ahí, latiendo bajito, recordando todo lo que dolió.

Y por eso a veces, quienes parecen más fuertes, son los que más necesitan ser abrazados.

Ser comprendidos.

Ser mirados sin juicio.

Porque la verdadera fortaleza no está en no necesitar a nadie, sino en atreverse a mostrar la herida sin miedo a que alguien más la lastime.

Y si alguna vez fuiste de los que endurecieron el alma… te mereces, más que nadie, una ternura que no huya ante tus muros.

Alguien que entienda que no estás siendo frío… estás protegiendo lo poco que te queda en pie.

Continuará…

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Una respuesta a “672. Guerras interiores (La herida que se disfraza de carácter fuerte)”

  1. Avatar de Mi Viaje a la Lectura

    Siento que acabas de describirme. No es la primera vez que tus palabras expresan exactamente lo que yo no logro decir ni escribir. Hace muy pocos días encontré esa ternura que no huyó ante mis muros. No ha sido fácil. Da muchísimo miedo: la sensación de que, en cualquier momento, todo puede desmoronarse y no quede nada en pie que proteger. Ya no hay escudos ni defensas, y el disfraz ha desaparecido. Solo quedo yo, con el corazón y el alma expuestos, confiando en que esta vez no duela. Y ni siquiera el miedo sirve ya como mecanismo de defensa, porque también podría herir a la otra persona. ¿Cómo haces cuando son dos corazones rotos que coinciden en tantas cosas, pero van a ritmos tan diferentes, y tú estás más expuesta? Confiar y creer, con toda el alma, que pase lo que pase, ya valió la pena.

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