Décima entrada de la serie: Guerras interiores.
Siempre fuiste el que estuvo ahí.
El que escuchaba, el que aconsejaba, el que se quedaba hasta tarde si alguien lo necesitaba.
El que ponía el hombro, el que calmaba las tormentas ajenas aunque por dentro tuviera las suyas propias.
Y nadie te obligó.
Nació de ti.
De esa necesidad de ayudar, de cuidar, de sanar a quienes querías.
Y eso está bien.
Es noble.
Es hermoso.
Pero… ¿quién te cuida a ti?
Porque mientras todos ven tu fuerza, pocos notan que muchas veces te estás sosteniendo con hilos.
Que sonríes mientras por dentro te estás cayendo.
Que das luz… cuando tú también estás buscando un poco.
Y lo más cruel de todo es que, aunque sabes que necesitas ayuda, te cuesta pedirla.
Porque no quieres molestar.
Porque “hay gente que está peor”.
Porque te enseñaste a ti mismo que lo tuyo siempre podía esperar.
Y así… aprendiste a salvar a todos, menos a ti.
Pero tú también mereces descanso.
También mereces un abrazo sin tener que dar nada a cambio.
Mereces que alguien te mire y te diga:
“¿Y tú? ¿Cómo estás de verdad?”
Porque no puedes sostener a todos si tú estás roto.
Porque ayudar no debería costarte el alma.
Porque tú también eres importante.
Y tal vez el mayor acto de amor que puedas hacer… sea empezar por ti.
Mirarte.
Escucharte.
Salvarte.
Y entender, de una vez por todas, que no estás solo.
Que no tienes que ser el fuerte todo el tiempo.
Que pedir ayuda no te hace débil… te hace humano.
Guerras interiores.
Las que nadie ve.
Las que marcan más que cualquier golpe.
Las que, si logras sobrevivir…
te enseñan a vivir de verdad.
Continuará…
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