Sé que últimamente no estoy tan presente como mereces.
Que a veces me pierdo en mis silencios, en mis luchas internas, en todo eso que arrastro y aún estoy aprendiendo a soltar.
Y aún así, tú sigues aquí.
Sin exigirme nada. Sin reprocharme nada.
Simplemente… estando.
Y eso, créeme, no pasa desapercibido.
Tú, que llegaste sin hacer ruido, te has convertido en esa calma que a veces ni yo sé darme.
Tú, que no me pides explicaciones, pero entiendes lo que callo.
Tú, que sostienes incluso cuando no entiendes del todo, pero eliges acompañar antes que juzgar.
Me repito que te mereces mucho más que palabras bonitas en un mal día.
Mucho más que disculpas por las veces que me encierro.
Te mereces un mundo.
Uno en el que te abracen cuando tú también estás cansada.
Uno en el que te digan “gracias” más a menudo.
Uno donde todo lo que das se te devuelva con la misma ternura.
Y aunque no siempre sepa cómo demostrártelo, quiero que sepas esto: me importas más de lo que digo.
Te pienso más de lo que crees.
Y te valoro más de lo que expreso.
Eres uno de los regalos más inesperados y valiosos que me ha dado la vida.
Y sé que, con el tiempo, todo lo que hoy parece pesar… pesará menos.
Y entonces, cuando mi mochila sea más liviana, prometo que te abrazaré con los dos brazos y con todo el alma.
Porque tú no te mereces la mitad de mí.
Tú te mereces todo.
Gracias por quedarte.
Gracias por ser hogar, incluso cuando yo me siento perdido.
Gracias por no pedirme que sea perfecto, solo que sea yo.
Continuará…
Deja un comentario