683. Cuando el reloj ya no escuche

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No quiero escribir esto para un “mañana”.

Porque mañana es una excusa.

Una promesa escrita sobre papel mojado.

Y yo no nací para guardar fuegos.

Hoy arde, y eso basta.

Hoy es un incendio que no acepta aplazamientos.

Si estás leyendo esto —ahora o en algún rincón del tiempo que aún no ha llegado— quiero que sepas que cada palabra es un fósforo encendido.

Una chispa en una habitación llena de gasolina emocional.

No hay advertencias. No hay remordimientos.

Solo la urgencia de quien ya no puede contener lo que le atraviesa.

Porque el tiempo no es una línea recta.

Es una bestia hambrienta.

Y tú y yo, apenas dos mordiscos en su garganta.

No hay después. Solo este instante latiendo con violencia.

Te escribiría con la calma de los poetas antiguos, pero aprendí que lo eterno es un disfraz.

Que los segundos que no se viven… se pudren.

No sé si esto es amor, pero sí sé que contigo la muerte sería más lenta.

Y eso, para mí, ya lo dice todo.

No quiero besarte mañana.

Quiero hacerlo ahora.

Con la torpeza brutal de quien no sabe si será la última vez.

Con el hambre exacta de quien lleva los labios llenos de despedidas que no se atrevió a pronunciar.

Si hoy fuera el último día, si después de esto el mundo se apagara en silencio, quiero que sepas que no fui cobarde.

Que viví en cada palabra que escribí, y que morí un poco en cada una que nunca dije.

Carpe diem no es un cliché bonito.

Es una herida que sangra belleza.

Es el grito de los que ya no quieren guardar nada para “luego”.

Porque el “luego” a veces nunca llega.

Y no hay nada más triste que un “te habría amado” escrito sobre una lápida.

Así que si esto te arde… bésame.

No con los labios.

Con el ahora.

Continuará…

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Una respuesta a “683. Cuando el reloj ya no escuche”

  1. Avatar de Mi Viaje a la Lectura

    Carpe diem… solo tienes este momento… Aprovechalo! Esa frase ha sido una de las más significativas de mi vida. Un abrazo Óscar.

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