729. Donde nació mi inseguridad: Cuando creí que merecía tan poco

By

Sexta entrada de la serie: Donde nació mi inseguridad

No sé si fue un momento, un día concreto, o si simplemente fue un proceso lento, como esas grietas que aparecen en las paredes con el paso del tiempo y un día se vuelven imposibles de ignorar. Lo que sí sé, es que hubo una etapa de mi vida en la que dejé de pedir, dejé de esperar… y empecé a conformarme. Y lo más duro es que ni siquiera me di cuenta de que lo hacía.

Aprendí a no molestar. A no exigir, a no pedir explicaciones, a no mostrarme dolido por miedo a que se alejaran. Como si el solo hecho de estar, aunque fuera a medias, ya fuera un regalo demasiado grande como para rechazarlo.

Me acostumbré a recibir cariño con condiciones, atenciones a ratos, palabras que sonaban bonitas pero que no se sostenían en acciones. Me hice adicto a los gestos mínimos, a las sobras emocionales, a los “te quiero” que no venían acompañados de presencia, cuidado o compromiso.

Y me volví experto en justificar todo lo que me dolía. “Es que está pasando por una mala racha”, “yo tampoco soy fácil de tratar”, “seguro que me quiere, pero no sabe cómo demostrarlo”… Me repetía esas frases una y otra vez como un escudo. Pero en realidad, eran cadenas. Cadenas que me ataban a la idea de que eso era lo máximo a lo que podía aspirar.

No exigía porque pensaba que exigir era sinónimo de perder. No decía lo que me dolía porque tenía miedo de que si lo hacía… me dejaran de querer. Entonces, callaba. Aguantaba. Y al hacerlo, me fui perdiendo.

Me volví pequeño en mis relaciones. Invisible a veces. Y lo peor es que confundí eso con amor. Creía que amar era esperar. Que amar era entenderlo todo, perdonarlo todo, aguantarlo todo. Que amar era dar, aunque del otro lado no llegara nada. Porque me convencí de que si daba más, tal vez entonces, me mirarían diferente. Pero nunca pasó.

Y aún así, seguía ahí.

Con S me pasó eso. Y con muchas otras personas también. Me bastaba con una sonrisa de vez en cuando, con un gesto amable tras días de frialdad, con un abrazo cuando ya estaba a punto de romperme. Me alimentaba de eso. De migajas. Porque no sabía cómo pedir más. O peor aún: porque no creía merecer más.

Y ahora lo veo claro.

No se puede construir un amor completo sobre vacíos compartidos. No se puede sostener una relación sana si uno da todo y el otro apenas aparece. Y no se puede vivir plenamente si uno se conforma con sobrevivir emocionalmente.

Hoy empiezo a soltar esa necesidad de ser aceptado a cualquier precio. Hoy empiezo a trabajar para no volver a sentarme nunca más a una mesa donde el amor se reparte con cuentagotas. Hoy empiezo a recordarme que no es egoísta quererlo todo cuando uno también lo da todo.

Merezco más. Merecí más entonces también. Pero ahora, al menos, lo sé.

Y aunque a veces duela mirar atrás y reconocer en lo que me convertí por miedo a perder… me alegra poder decir que estoy aprendiendo a elegirme. Que estoy aprendiendo a no conformarme.

Porque amar también es aprender a cerrar puertas que solo se abren cuando al otro le conviene.

Y porque, por fin, estoy empezando a darme todo lo que durante años fui mendigando a otros.

Continuará…

Posted In ,

2 respuestas a “729. Donde nació mi inseguridad: Cuando creí que merecía tan poco”

  1. Avatar de Mi Viaje a la Lectura

    Yo creí, durante muchos años, que la felicidad se tenía que pagar con dolor. El precio de una sonrisa se pagaba con una lagrima. Y una sonrisa, se volvió cada vez más costosa. Ya no bastaba una lagrima. Hasta que no quise pagar más el precio… y con el alma rota, preferí dejar de sonreir.

    Le gusta a 1 persona

    1. Avatar de Óscar David

      Es imposible no sentir un nudo en el pecho… porque sé exactamente de qué hablas. Esa sensación de pagar cada sonrisa con una herida me acompañó mucho tiempo, y es tan injusta… porque uno termina creyendo que así funciona el amor, cuando en realidad no debería doler de esa manera.

      Yo también llegué a ese punto en el que prefería callar, aguantar, incluso dejar de sonreír, antes que seguir mendigando lo que nunca llegaba. Y entiendo perfectamente lo roto que uno puede sentirse ahí.
      Con el tiempo, aprendí que dejar de pagar ese precio no significa dejar de sentir, sino empezar a elegirse. Significa recordarse que merecemos un amor que no pase factura cada vez que nos da un poco de felicidad.
      Gracias por abrirte aquí… porque, a veces, compartirlo también es parte de dejar de cargar con ello en silencio. Un abrazo.

      Le gusta a 1 persona

Replica a Mi Viaje a la Lectura Cancelar la respuesta