(Complementaria a “Lo que no se olvida”)
No todo lo que se recuerda duele.
Y no todo lo que dolió… se olvida.
Hay amores que se quedan en la piel como tatuajes sin tinta, invisibles para el resto, imborrables para quien los llevó.
Y hay despedidas que no tienen fecha exacta, porque no llegaron con un portazo, sino con un goteo lento de ausencias, silencios y miradas que dejaron de buscarse.
Escribí “Lo que no se olvida” como quien saca una espina y la deja sobre la mesa, no para que otros la toquen, sino para mirarla por última vez antes de dejarla atrás.
Y sí, fue un acto de valentía.
No por lo que se dijo, sino por todo lo que se entendió después.
Porque escribir desde el amor que dolió —sin odiar, sin idealizar, sin dramatizar— es también una forma de perdonarse por haber sentido tanto.
A veces, el mayor gesto de amor propio no es soltar al otro.
Es dejar de pelear contra lo que se sintió.
Y lo entendí ahí… cuando terminé ese texto y no lloré.
Cuando me di cuenta de que no me hacía daño recordar, que ya no necesitaba respuestas ni devoluciones, que podía hablar de ese amor sin que me desgarrara.
No porque ya no doliera, sino porque ya no me desgastaba sostenerlo.
“Lo que no se olvida” no es un ancla, es una piedra blanca en el camino.
Una señal de que por allí pasé.
De que hubo alguien a quien amé tanto que durante un tiempo pensé que no sobreviviría a su ausencia.
Pero mírame… aquí estoy.
Más lleno de vida que antes.
Más capaz de amar, incluso, que entonces.
Eso aprendí:
Que recordar no es aferrarse, y soltar no es negar lo vivido.
Que el amor no tiene por qué acabar para que uno pueda seguir adelante.
Y que escribir sobre lo que se sintió no es un acto de debilidad, sino una forma de honrar lo vivido sin permitir que te rompa otra vez.
Gracias a quien leyó aquel texto y supo ver eso.
Gracias por leerme ahora también, en este punto en el que ya no necesito hablar desde la herida, sino desde la cicatriz.
Porque lo que no se olvida… también puede dejar de doler.
Continuará…
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