Escuché una frase hace poco que me dejó en silencio: “Lo que te rodea, te regula”. Una afirmación aparentemente sencilla, pero que —cuando te atraviesa por dentro— deja un eco muy hondo. Sobre todo cuando has vivido, como yo, durante tanto tiempo rodeado de lo que no sabías que te estaba desajustando por dentro.
Durante años pensé que el dolor era parte del amor, que la ansiedad que me generaba esperar respuestas, migajas, presencia… era solo algo mío, una falla emocional que debía aprender a callar. Pensé que el problema era mi sensibilidad, mi forma de entregarme, mi miedo a perder. Pensé que estaba roto por dentro. Que sentir así era lo que tocaba.
Pero no era eso.
Era que lo que me rodeaba me estaba desregulando sin que yo lo supiera. Vivía en un entorno emocional en el que el cariño se dosificaba, la atención venía con condiciones, y el afecto era algo que se ganaba con esfuerzo. No entendía que el amor que se niega cuando más lo necesitas no te enseña a amar, te enseña a sobrevivir. Y sobrevivir —aunque lo parezca— no es vivir.
Lo descubrí en terapia, lo confirmé en mis escritos, y ahora lo empiezo a sentir en el cuerpo. Porque mi sistema nervioso, ese que durante tanto tiempo estuvo alerta, ansioso, hiperconsciente de cada palabra, gesto o silencio… por fin empieza a relajarse.
Y no es casualidad.
Es que ahora, por primera vez en mucho tiempo, me rodea otra cosa. Me rodea la calma de quien no exige que sea distinto. Me rodea una presencia que no desaparece cuando me rompo, que no se asusta de mis cicatrices, que no me mide por mis momentos bajos. Me rodea una mujer que, sin prometer salvarme, está ayudando a que yo mismo vuelva a encontrarme.
Mi sistema nervioso lo sabe. Porque con ella —con J—, no tengo que prepararme para el dolor, ni para la indiferencia, ni para la duda. Mi cuerpo no se tensa cuando me habla. Mi pecho no se encoge cuando no está. Y eso, aunque parezca poco, es mucho más de lo que nunca tuve. Eso es paz. Y la paz también se aprende.
Descubrí que la ciencia lo llama coregulación. Que el cuerpo humano, cuando se siente seguro, comienza a sanar. Que no somos seres aislados: lo que sentimos, lo que pensamos, lo que somos… también depende de lo que nos rodea.
Y entonces entiendo por qué, cuando ella me abraza, algo dentro de mí se coloca.
Entiendo por qué a su lado me reconcilio conmigo mismo, con el mundo y con todo lo que no supe ser antes. Porque no me juzga por lo que fui. Me acompaña por lo que estoy siendo.
Así que sí, lo que te rodea, te regula. Y durante demasiado tiempo, me rodeó el miedo, la incertidumbre, la duda constante de no saber si era suficiente. Ahora, me rodea el cariño, la presencia, la palabra honesta, el espacio seguro.
Ahora empiezo a entender lo que es respirar sin esperar el golpe.
Y ojalá todos algún día puedan sentir eso: que hay personas que, sin ruido, sin grandes gestos, te devuelven el equilibrio sin darte cuenta.
Porque sanar, a veces, también es cuestión de compañía.
Y hoy, lo que me rodea… me sostiene.
Continuará…
Replica a manuelwarlok Cancelar la respuesta