Segunda entrada de la serie: Me estoy cansando de dar explicaciones
Hay momentos en los que no me despido. No porque no me importe. No porque no duela. Sino porque explicarlo sería arrancarme pedazos que ya apenas se sostienen.
Desaparezco a veces. Me aparto. Me vuelvo silencio en conversaciones que antes me habitaban con fuerza. Dejo de contestar mensajes. Dejo de aparecer en lugares donde antes me sentía seguro. No porque me dé igual, sino porque necesito salvarme.
Y no sé cómo decirle al mundo que no puedo seguir dándolo todo cuando ya no tengo casi nada. Que hay días en los que mi única meta es sobrevivirme. En los que necesito no tener que ser para nadie, para ver si todavía soy para mí.
No es un adiós. No es una huida. Es una pausa. Es una rendición momentánea. Porque el peso de las expectativas ajenas y propias me ha dejado sin aire.
Me cuesta explicar que desaparecer es una forma de autocuidado. Que necesito desconectar para no romperme del todo. Que si me alejo, no es porque no valore, sino porque me estoy intentando recomponer.
A veces me culpo. Me siento mal por no poder sostenerlo todo. Por no dar la talla, por no estar disponible. Pero otras veces me reconcilio con la idea de que no puedo ser todo para todos y nada para mí.
Sé que hay quien no lo entiende. Sé que mi silencio puede doler. Pero también sé que hay quien lo respeta. Quien no exige explicaciones, sino que deja la luz encendida por si vuelvo.
Y ese gesto… ese pequeño milagro… es lo que a veces me salva.
Continuará…
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