Ayer volvieron las preguntas difíciles, esas que te obligan a parar unos minutos para responder y aún así, cuando tienes un rato de tranquilidad te permites parar y respondértelas a ti también.
De esas que no solo rasgan la memoria, sino también la conciencia.
Ayer fue la siguiente:
“Ella te destruyó, entonces, ¿por qué no la odias?”
Y me quedé en silencio.
Porque esa pregunta no es tan sencilla como parece.
Porque no todo lo que duele se convierte en rabia, y no todo lo que rompe deja odio.
No la odio…
Porque odiar exige una energía que ya no quiero gastar.
Porque odiar es seguir cargando con ella, seguir dándole un espacio dentro de mí que necesito recuperar.
Y yo, por fin, estoy aprendiendo a soltar.
No la odio, aunque me rompió, porque durante mucho tiempo me hizo creer que lo que teníamos era real.
Porque en cada promesa, aunque hoy parezca mentira, yo sí vi futuro.
Y porque negar eso sería también negarme a mí mismo.
A lo que sentí. A lo que di. A lo que esperé.
No la odio, porque también me enseñó.
A pesar del dolor, de los silencios que duelen más que los gritos, de las ausencias que se sienten con más fuerza que cualquier presencia.
Me enseñó que el amor no se ruega, que la dignidad no debe negociarse, que quien se queda a medias… también se va.
No la odio…
Porque sigo creyendo que no quiso hacerme daño de forma consciente.
Porque creo que estaba tan rota como yo, pero en lugar de buscar ayuda, eligió huir.
Y aunque eso me partió en mil pedazos, entiendo que no todos saben quedarse.
No la odio, pero ya no la idealizo.
Ya no justifico lo que antes disfrazaba de amor.
Ya no me culpabilizo por lo que no pude salvar.
No la odio, pero he dejado de esperarla.
Y sí, claro que hay rabia a veces.
Y claro que hay noches en las que me repito lo injusto que fue todo.
Pero incluso en esos momentos, el odio no llega.
No nace. No se instala.
Solo aparece el eco de lo que fue, y el vacío de lo que pudo haber sido.
Porque lo cierto es que…
No la odio.
Pero tampoco la necesito ya.
Y quizás esa es la verdadera victoria.
No quedarme atrapado en lo que no fue.
No construir una armadura con resentimiento.
No permitir que su ausencia me convierta en alguien que no soy.
Hoy solo quiero sanar.
Y a veces sanar también es eso:
Reconocer que quien te rompió, no merece tu odio… pero tampoco más de ti.
Continuará…
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