“Yo no doy lo que recibo, yo siempre doy lo que siento.”
Siempre ha sido así.
Y durante mucho tiempo, lo viví como una condena.
Como una forma de amar que solo me dejaba vacío.
Como una especie de desventaja emocional en un mundo donde todos parecen medir lo que dan, según lo que reciben.
Pero yo no sé hacerlo así.
No sé calcular el cariño.
No sé racionar la entrega.
No sé ponerle condiciones a lo que me nace.
A veces me han dicho que soy tonto por eso.
Que doy demasiado. Que confío demasiado. Que me expongo más de la cuenta.
Y no les quito razón.
A veces me he roto por dar cuando no me daban.
Por esperar cuando no venían.
Por sostener cuando me soltaban.
Pero con el tiempo, he comprendido que eso también es una forma de belleza.
Una que duele, sí. Pero que también me define.
Porque yo no quiero aprender a dar solo cuando me dan.
No quiero que el daño me vuelva calculador.
No quiero que el miedo me haga medir lo que siento.
Yo quiero seguir siendo así, aunque duela a veces.
Porque prefiero dar de más que no sentir nada.
Prefiero saber que fui yo de verdad, incluso cuando el otro no supo qué hacer con todo eso.
Y sé que no siempre saldré ileso.
Sé que seguiré sintiendo más de lo que recibo.
Pero también sé que algún día, alguien entenderá lo valioso que es eso.
Y no saldrá corriendo.
Y no se aprovechará.
Y se quedará.
Y dará también lo que siente, no lo que cree que debe.
Porque eso… eso es amar sin miedo.
Sin estrategia.
Con verdad.
Y yo no nací para dar a medias.
Ni para protegerme de sentir.
Nací para sentirlo todo.
Y, aunque me haya dolido muchas veces, aún no quiero dejar de ser así.
Continuará…
Replica a Óscar David Cancelar la respuesta