A veces no es tristeza.
No sólo.
A veces tampoco es nostalgia, ni rabia, ni miedo.
Es todo eso junto.
Es tener el pecho lleno de cosas que no sabes colocar, emociones que se pisan entre sí como si lucharan por ocupar el primer lugar.
Porque hay días en los que te levantas con esperanza… y al segundo siguiente te atrapa la incertidumbre.
Días en los que estás en paz, pero con un nudo en la garganta.
Días en los que das gracias por lo que tienes, pero al mismo tiempo te duele lo que perdiste.
Días en los que sientes que avanzas, pero a la vez una parte de ti sigue anclada en lo que no fue.
Y no sabes explicarlo.
Porque no hay una sola emoción que lo abarque todo.
Porque no estás ni bien ni mal, sino en medio.
En ese “medio” tan humano, tan real, tan difícil de poner en palabras.
Porque duele… pero al mismo tiempo sabes que estás sanando.
Porque extrañas… pero al mismo tiempo eliges seguir adelante.
Porque amas… aunque ese amor ya no tenga a dónde ir.
Porque recuerdas… pero también entiendes que no todo lo vivido debe repetirse.
Y entonces decides no forzarte.
No intentar encajar lo que no encaja.
No apresurar las respuestas.
Solo estar ahí. Contigo.
Aunque no tengas del todo claro quién eres hoy.
Estar.
Respirar.
Acompañarte.
Permitir que la confusión también sea parte del proceso.
Porque sentirlo todo, también es parte de sanar.
No hay caos más honesto que el de un corazón que se rehace mientras late con todo lo que aún no sabe colocar.
Epígrafe final
A veces no se trata de entender. Se trata de aguantar el temblor mientras pasa la tormenta. De sostenerte en mitad del torbellino emocional y, sin saber bien cómo, seguir eligiendo avanzar.
Continuará…
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