(Epílogo de “El día que dejé de explicar mi dolor”)
No lo cuento para que me entiendan.
No lo repito para justificarme.
Y mucho menos, para que me den la razón.
Lo hago porque hubo un momento en que sentí que, si no explicaba mi dolor, parecía que no tenía derecho a sentirlo.
Como si llorar en silencio no contara. Como si lo que dolía por dentro necesitara ser verbalizado para ser legítimo.
Y no.
El dolor no necesita explicación.
Solo necesita espacio.
Tiempo.
Y respeto.
Hay personas que creen que porque ya ha pasado un tiempo, ya no debería doler.
Como si los sentimientos tuvieran fecha de caducidad.
Como si el amor pudiera deshacerse con voluntad, como si bastara con desear dejar de amar para dejar de hacerlo.
No es así.
Porque no todo lo que se rompe, se olvida.
Y no todo lo que duele, es porque siga abierto.
Hay cicatrices que no sangran, pero todavía escuecen al rozarlas.
Yo ya no explico mi dolor.
No tengo por qué contar cuántas veces la recuerdo, ni justificar por qué me tiembla la voz al hablar de ella.
No necesito defender mi duelo ni adornar mis heridas.
Lo sentí. Lo siento. Y eso es suficiente.
La quise.
La quiero.
Y no tengo que esconderlo.
Porque lo que viví fue real.
Tan real, que aunque ahora ya no estemos, algo dentro de mí sigue sintiendo que le pertenece.
Pero también he aprendido que no siempre amar significa insistir.
A veces, amar es aceptar que el otro eligió un camino donde tú ya no estás.
Y seguir caminando con ese hueco que quedó, sin convertirlo en cárcel ni en excusa.
Por eso, si alguna vez alguien me pregunta por qué me sigue doliendo…
No responderé con argumentos.
Responderé con silencio.
Porque quien entiende, no necesita más.
Y quien no entiende… no se lo merece.
Hoy ya no necesito explicarme.
Porque entender mi dolor no es obligación de nadie.
Pero respetarlo… sí.
Epígrafe
“Ya no lo grito. Ya no lo justifico. Ya no lo niego. Solo lo siento.”
Continuará…
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