Hay verdades que uno tarda en asumir…
Porque no duelen, pero pesan.
Porque llevan tanto tiempo esperando salir, que se nos atragantan al intentar nombrarlas.
Y una de esas verdades es esta:
Me merezco ser feliz.
No porque lo tenga todo resuelto.
No porque siempre haya tomado las decisiones correctas.
No porque nunca haya tropezado, fallado, perdido.
Sino porque aunque no siempre supe cómo, nunca dejé de intentarlo.
Porque incluso cuando el mundo se me hizo cuesta arriba, seguí caminando.
Aunque no supiera a dónde.
Aunque solo me moviera para que el dolor no me alcanzara del todo.
Y eso, aunque muchas veces no lo vi, también es valentía.
Me merezco un amor que no duela.
Un abrazo que no esconda ausencias.
Un lugar donde no tenga que fingir que estoy bien para no incomodar.
Porque ya estuve demasiadas veces al borde del precipicio.
Y no solo estuve…
También me caí.
Y aún así, volví.
A mí. A la vida. A mi lucha.
Y eso —aunque no consiga decirlo en voz alta sin quebrarme— me convierte en una persona increíble.
Por eso, a partir de hoy, no permitiré que vuelva a apagarme nadie.
No permitiré que el amor me quite la luz.
No permitiré que el miedo me calle la voz.
Porque me merezco quedarme donde soy yo.
Con mis heridas.
Con mis silencios.
Con mi historia.
Y con todo eso, seguir adelante.
No para demostrar nada, sino porque me he ganado el derecho de estar en paz.
Epígrafe
“No se trata solo de sobrevivir, sino de recordar que mereces mucho más que eso.”
Continuará…
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