Serie: Cartas que uno necesita escribirse, aunque duelan. Parte 2: Carta para mi mismo
Querido yo:
Hoy te han vuelto a herir.
Pero esta vez no te culpes por sentir.
No es tu sensibilidad el problema, ni tu manera de amar, ni tu forma de reaccionar.
Has hecho lo que tenías que hacer.
Lo intentaste todo. Apostaste por amor incluso cuando el amor dejó de apostar por ti. Diste sin exigir, esperaste sin condiciones, y cuando ya no hubo más que dar, te quedaste en silencio intentando aceptar lo que no merecías.
Hoy, esa pulsera y esa frase no fueron simples gestos o palabras.
Fueron un recordatorio cruel de que ya no te ven como alguien importante.
Y eso, aunque duela, también es una señal.
No, no eres débil por llorar.
No eres inmaduro por quejarte.
No eres egoísta por sentirte herido.
Pero ya es hora de abrir los ojos.
De mirar esa escena de hoy como lo que realmente fue:
Una muestra más de que te quedaste esperando empatía donde ya no había ni cuidado.
Tú no fallaste.
Te fallaron.
Y sigues queriendo, sí… pero también estás aprendiendo a soltar.
Te odias por seguir sintiendo, pero no te odies por eso.
No es amor lo que duele tanto.
Es el vacío que queda cuando uno ama y no lo aman de vuelta.
Guarda esta carta.
Regrésala a ti cada vez que te vuelvas a preguntar si mereces este trato.
No lo mereces. Nunca lo mereciste.
Y llegará el día en que dejarás de temblar por lo que ella haga.
Pero hoy, solo hoy… abrázate fuerte.
Y sigue caminando.
Porque aunque no lo creas… ya has empezado a salir.
—Tú mismo, desde la herida… pero también desde la verdad.
Y los dos sabemos que ahora sí serías capaz de decirla muchas cosas pero… por fin eres consciente de que aunque puedas, ya no te merece la pena hacerlo y perder el tiempo alimentando el ego de nadie.
Continuará…
Deja un comentario