Ayer hice algo que llevaba semanas rondándome la cabeza. Algo que no parecía tan difícil… pero que pesaba mucho más de lo que aparentaba: solté el anillo.
Ese anillo.
El que compré con ilusión, con un símbolo grabado en la mente y una promesa grabada en el alma.
El Claddagh. Ese que representa amor, lealtad y amistad. Ese que un día elegí como símbolo de un “sí” para siempre…
Y que terminó guardado, callado, como tantas cosas que me tragué por dentro.
Ayer no vendí una joya. Ayer me despedí de una parte de mí que seguía esperando.
No porque aún soñara con un regreso, sino porque me dolía aceptar que lo nuestro se convirtió en un eco… al que solo yo seguía respondiendo.
Ayer solté una promesa que ya no tenía destinatario.
Y me liberé.
No con euforia, ni con orgullo… pero sí con una paz que hacía mucho no sentía.
No fue fácil.
Me ha costado soportar la frialdad, los feos, los desprecios disfrazados de “normalidad”.
Me ha dolido el gesto reciente, ese que remueve justo donde uno intenta curarse.
Y aún así, sigo de pie.
Ya no espero.
Ya no guardo su sitio.
Y aunque todavía me tiemblen partes del alma cuando me cruzo con su risa o su indiferencia… sé que cada paso que doy lejos del pasado es también un paso hacia mí.
Porque a veces, dar el paso no es rendirse.
Es amor propio.
Es sostenerse con dignidad cuando el amor ya no es compartido.
Y aunque el Claddagh ya no esté… lo que representó para mí será siempre parte de mi historia.
Pero no más de mi presente.
Epígrafe:
“No era el anillo lo que pesaba… era la promesa que aún llevaba dentro, sin nadie al otro lado.”
Continuará…
Replica a Óscar David Cancelar la respuesta