A veces el corazón se cansa de cargar tanto.
Y entonces aparece una fantasía… una de esas que, aunque imposibles, por un segundo parecen salvación.
“Qué bonito sería despertarse en un hospital, después de un accidente que no dejara secuelas físicas, y que los médicos dijeran:
— Lo sentimos, hemos hecho todo lo posible, pero ha perdido la memoria.
No la podrá recuperar.
Sus sentimientos son ahora una hoja en blanco.”
Y sí. A primera vista… parece liberador.
La parte bonita de olvidar
Porque si pudieras empezar de cero, tal vez no dolería.
No recordarías su sonrisa, ni cómo te miraba la primera vez.
No cargarías con los “te quiero” que nunca llegaron.
No tendrías que luchar con los recuerdos cada noche.
Podrías mirar a los ojos de alguien nuevo sin compararlo con nadie.
Podrías dormir sin que su nombre apareciera en tus sueños.
Podrías sanar sin tener que reconstruirte desde las cenizas, porque no habría cenizas… ni fuego anterior que te quemara.
Sería como volver a nacer, pero con la madurez de quien ha vivido.
Y con el alma limpia.
Sin grietas, sin nostalgias, sin ese amor que no termina de irse aunque ya no esté.
Y por un momento… desearlo parece lo más humano del mundo.
Pero ahora escúchame…
Olvidar no te haría libre.
Solo te haría ajeno a quien eres.
Tus heridas, aunque duelan, también han sido maestros.
Tu historia, aunque a veces pese, también te ha formado.
Ese amor que te rompió también te enseñó todo lo que ahora sabes: a elegir mejor, a no mendigar cariño, a reconocer las señales, a quererte más.
Si lo olvidaras todo, también se irían los abrazos sinceros.
Las carcajadas que salieron del alma.
Las miradas que no necesitaban palabras.
Incluso las decisiones que hoy te duelen… fueron tomadas desde el amor.
Olvidarlo todo sería como romper la última foto que queda de alguien que te marcó.
No lo harías. Porque aunque duela, fue real.
Y porque no se trata de borrar el pasado, sino de aprender a vivir con él sin que te duela cada vez.
La verdadera sanación no está en perder la memoria.
Está en recordar y que ya no duela.
En hablar de ello sin que se te quiebre la voz.
En pensar en ella y que tu mundo no se derrumbe.
Porque cuando puedas hacer eso… entonces sí, habrás ganado.
Sin accidentes.
Sin bisturís.
Sin borrar nada.
Solo tú… enfrentando tu historia.
Y eligiendo qué hacer con ella.
Epígrafe:
“Olvidarlo todo no es la cura. Aprender a recordarlo sin que duela, sí.”
Continuará…
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