A todos nos corresponde perder la vida en un beso, al menos una vez.
Uno de esos besos que no se olvidan aunque pasen los años, aunque cambien las personas, aunque la vida nos lleve por otros caminos.
Uno de esos que no se dan con los labios, sino con el alma entera.
Todos merecemos a alguien que nos mire como si fuéramos lo más importante que ha visto jamás.
Alguien que no tenga miedo de detenerse a mirarnos de verdad, no solo por fuera, sino en lo más profundo.
Que sepa escuchar el ritmo al que late nuestro corazón, incluso cuando nosotros mismos lo perdemos.
Merecemos a alguien que sepa más de cuidar que de romper.
Que no nos pida cambiar, que no nos haga sentir que no somos suficientes.
Alguien que nos recuerde, sin decirlo, que el amor no se mide en promesas, sino en acciones que no hacen ruido.
Nos merecemos a alguien que, sin necesidad de palabras grandilocuentes, nos haga creer que el universo fue diseñado para vernos sonreír.
Que sepa distinguir el día que necesitamos un café frío para calmar el alma, del día en que lo necesitamos ardiendo para seguir vivos.
Alguien que no nos necesite para nada… pero que nos quiera para todo.
Para compartir la lluvia, el silencio, la risa, las heridas, los sueños.
Alguien que diga “me gustaría pasar el resto de mis días contigo” sin temor al mañana, con la verdad temblando en la voz.
Y si aún no ha llegado esa persona, no te preocupes.
No te conformes.
Porque existe.
Porque mereces sentirte así.
Y cuando llegue, sabrás que ningún beso anterior supo matarte tan bonito.
Continuará…
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