Dedicatoria:
A Lobo, por enseñarme el amor sin palabras.
A quienes me enseñaron que una persona puede quedarse sin pedir promesas.
A quienes me leéis, por sostenerme cuando el silencio pesaba.
Y a S, por lo que me mostró sin proponérselo.
Epígrafe:
“No me curó el tiempo; me curó mirarme de frente.”
1) Lo que se rompió
Un día entendí que amar no es suficiente si no sabes nombrar lo que sientes. Descubrí la alexitimia cuando ya era tarde: cuando la persona a la que más había querido decidió que yo no era su “para siempre”. Desde entonces he vivido con dos verdades: la de verlo todo con claridad… y la de seguir cruzándome con ella cada día.
Me dijeron que me faltaba empatía; aprendí que no era frialdad, sino dificultad para expresar. Yo sentía (y mucho), pero no sabía mostrarlo. Cuando por fin pude, ya no quedaba sitio. También he recibido desprecios pequeños —de esos que no dejan moratones, pero sí huecos—. Y aun así, no guardo rencor. Guardo aprendizaje.
2) Lo que aprendí
Aprendí que no espero. Que ya no guardo su sitio. Que soltar no es rendirse, es elegirme. Que no puedo sanar donde me hieren, ni debo quedarme donde me piden silencio. Aprendí que el mundo a veces se burla del que siente, y que la tentación es volver a “desconectar” el corazón. Elegí lo contrario: sentir con límites, no con muros.
Aprendí a decirme la verdad aunque me tiemble el alma: hoy duele menos no porque pasara el tiempo, sino porque empecé a cuidarme.
3) Los rituales de la vuelta
Volví al cuerpo: el gimnasio, el cansancio bueno, la rutina que oxigena la cabeza. Volví a escribir: series que fueron mapa —Donde se cruzan, Descubrí lo que me pasaba… justo cuando ya era tarde, El día que dejé de explicar mi dolor, Si algún día me atrevo—.
Hice gestos que cerraban círculos: entregué una bola del mundo con una carta (“Cuando ya no quede nada más que decir…”) y, hace poco, solté el Claddagh que había comprado para un “sí” que no llegó. No eran objetos; eran pesos.
También me despedí de Lobo. Su ausencia me partió, pero me enseñó a amar sin condiciones y a quedarme conmigo cuando todo se cae.
4) Lo que ya no haré
– No volveré a mendigar cariño.
– No me explicaré para justificar mi dolor.
– No usaré a nadie para olvidar; mi verdad no es un parche.
– No volveré a romperme para que nadie esté entero.
5) Lo que sí me permito
– Sentir sin pedir perdón.
– Pausas sin culpas.
– Límites sin miedo a perder.
– Esperanza sin fantasear: no necesito a nadie, pero quiero a alguien que me abrace sin que tenga que pedirlo, que me haga hogar sin prometer eternidades vacías, con quien pueda “meterme al mar sin miedo a hundirme” porque no suelta la mano.
6) Gracias
A quienes por aquí os habéis asomado a mis grietas —Mi Viaje a la Lectura, Blanca y tantos nombres que ya son refugio—: gracias por ver más allá de la fachada. A los que me leéis en días sin brillo: gracias por recordarme que detenerse también es avanzar.
7) Aquí empiezo otra vez
Hoy firmo mi acta de regreso. No he olvidado; he ordenado. No ha desaparecido el dolor; ya no me dirige. No sé si habrá una última escena perfecta, pero sé que no volveré a entrar donde ya no quedo. Si alguna vez me flaquea la memoria, que esta entrada me lo recuerde: yo también merezco el amor que doy.
Y si la vida decide cruzarme con alguien que cuide más de no romper que de poseer, que entienda mis silencios, que pronuncie mi nombre sin exigirme máscaras… entonces sabré que todo esto valió la pena.
Hasta entonces, sigo. Con el corazón encendido, con límites nuevos, con la certeza de que esta vez sí me tengo.
Epígrafe de cierre:
“Me fui por dentro antes de irme; hoy vuelvo por dentro antes de volver a amar.”
Continuará…
Deja un comentario