Hay días en los que el alma amanece en territorio incierto.
En los que uno se levanta sin el peso suficiente para decir “estoy mal”, pero tampoco con la ligereza para afirmar “estoy bien”.
Días en los que la mirada se siente cansada, pero sigue buscando.
En los que se camina sin esperar nada… y, sin embargo, se tiene la extraña esperanza de encontrarlo todo.
Es un desencanto que no amarga, pero que tampoco endulza.
Es un hueco raro en el pecho, como si las emociones no hubieran decidido de qué lado ponerse.
Un equilibrio extraño entre las ganas de rendirse y las ganas de seguir descubriendo.
Quizá sea porque, aunque uno esté cansado, todavía queda un pedazo de curiosidad latiendo.
Ese que te empuja a salir, a mirar, a ver qué sucede.
Porque en el fondo, incluso cuando uno cree que ha apagado las luces, siempre hay una que sigue encendida.
Y aunque hoy las emociones pesen más que los planes, el mundo sigue ahí, inmenso, con mil caminos abiertos. Lo bonito de vivir es que nunca sabes cuándo la vida va a sorprenderte… y yo sigo aquí, listo para descubrirlo.
Siempre hay un motivo nuevo esperándonos, incluso en los días que parecen vacíos.
Continuará…
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