“El que tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo.”
—Friedrich Nietzsche
Dicen que tener un motivo es lo que mantiene en pie, lo que sostiene incluso cuando todo alrededor se tambalea. Y quizá sea cierto. Yo sigo teniendo un porqué… aunque ese porqué aún lleve tu nombre.
Llevo noches sin dormir, atrapado en un insomnio que no se apaga ni con cansancio. La cabeza se enreda, da mil vueltas y vuelve siempre al mismo lugar. Se repite que ya no te espero, que ya no tiene sentido quedarme en la orilla mirando hacia donde no hay regreso. Pero el corazón no sabe de razones, y aunque entiende que tú ya no vas a volver, sigue buscándote en la penumbra de cada noche.
Cierro los ojos y aún puedo verte, escucharte, sentirte como si la distancia no existiera. Pero entonces los abro, y me estrello otra vez contra la realidad. Y duele. Duele distinto, pero duele. Un poco más, siempre un poco más.
A veces noto el avance: me descubro más fuerte, más consciente, más capaz de sostenerme a mí mismo. He crecido en lo personal, he aprendido a mirarme con otros ojos, a reconocerme incluso en lo roto. Pero en lo sentimental… hay días en que camino hacia atrás. Días en que todo lo trabajado se me resbala entre los dedos, y la herida vuelve a sangrar.
Ese es el precio de haber amado de verdad: que el porqué nunca se borra de golpe. Que la memoria se aferra a lo que fue, incluso cuando el presente grita que no hay futuro.
Y aquí estoy, con insomnio, con recuerdos que arden y con la certeza de que, aunque tú ya no seas mi porqué, algún día encontraré otro que me sostenga. O quizá aprenda, al fin, a ser mi propio motivo.
“Algún día, mi porqué no tendrá tu nombre… y ese día, por fin, descansaré.”
Continuará…
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