Quiero un amor bonito.
No ese que deslumbra al principio y se apaga con el tiempo, sino el que se construye despacio, sin prisa pero sin pausa.
Un amor que no tema al desgaste, porque sabe que cada día es una oportunidad de volver a elegirse.
No quiero un amor perfecto, porque la perfección es frágil y se rompe con el primer tropiezo.
Quiero un amor real, que se equivoque y aún así se quede, que sepa pedir perdón y tender la mano, que entienda que amar no es ganar ni perder, sino caminar juntos incluso cuando el suelo tiembla.
Un amor así integra todo:
La pasión que enciende el cuerpo (eros), la amistad que sostiene el alma (philia) y la entrega desinteresada que trasciende todo (ágape).
Un amor que no se apaga, porque está hecho de raíces, no de fuegos artificiales.
Un amor bonito se esconde en lo cotidiano:
– En un “cuídate” dicho al salir de casa.
– En una risa compartida cuando todo parece gris.
– En un silencio que acompaña sin exigir palabras.
– En una mirada que dice “aquí estoy”, aunque el mundo pese demasiado.
Ese amor no huye cuando aparecen las dudas, porque sabe que no existen los caminos fáciles.
Ese amor no se compra con promesas eternas, se demuestra en la forma en que se sostienen las manos incluso cuando el alma tiembla.
Quizás tarde en llegar, quizás lo he rozado y lo he perdido, quizás aún esté esperándome en algún rincón que desconozco.
Pero sé que existe.
Y sé también que ya no quiero menos, porque lo que aprendí a base de cicatrices es que el amor verdadero nunca apaga, nunca empequeñece, nunca exige que dejes de ser tú.
Quiero un amor que me vea.
Que me recuerde que pertenezco, que soy suficiente, que mi risa tiene un lugar donde quedarse.
Un amor que, incluso en el silencio, me haga sentir en casa.
“El amor bonito no nace de la casualidad: es la unión de fuego, raíces y entrega. Lo difícil no es soñarlo, lo difícil es encontrar a quien también quiera construirlo.”
Continuará…
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