Hace un año…
Comenzaba mi romance con las letras, consejo de mi psicólogo para que me ayudara a poder “descubrir” eso que llevaba dentro y que no podía expresar con palabras porque ni yo mismo sabía diferenciar qué era.
Dejándolo un poco “más bonito” o, mejor dicho, menos crudo pues ahora con el paso del tiempo también he ido evolucionando en lo que escribo y cómo lo hago pero a grandes rasgos fue algo así lo primero que me salió:
“Es extraño ver cómo alguien puede seguir con su vida como si nada, mientras tú te quedas atrapado en un huracán que no cesa. Ella sonríe, respira tranquila, como si haberme dejado fuera un alivio, una liberación. Y yo… yo me pierdo en noches sin sueño, en días vacíos que pesan demasiado, con un nudo en el pecho que no se deshace.
Es un dolor injusto: sentir que para ti todo cambió y para ella nada. Que mientras yo aprendo a caminar entre ruinas, ella ya corre ligera sobre un suelo limpio. Y es ahí donde duele más… en comprender que para ella dejarme fue fácil, y para mí olvidarla parece imposible.”
Hoy…
Un año después, al releer esas líneas, todavía me tiemblan las manos. Porque me recuerdo ahí: con la mirada perdida, con los ojos abiertos de madrugada, rogando al silencio que me diera una tregua. Me recuerdo arrastrando mi cuerpo como si llevara toneladas de escombros encima, sin ilusión, sin respuestas.
Me recuerdo muriendo un poco cada día, mientras ella —la misma que un día fue mi mundo— seguía sonriendo en otro lugar, como si yo nunca hubiera existido.
Ese fue mi infierno: sentir que mientras a mí me dolía hasta respirar, para ella respirar sin mí era alivio.
El cambio
Hoy no puedo decir que no duela. Duele. Pero ya no quema como entonces. Hoy, en lugar de un huracán, queda un eco. En lugar de ruinas, un camino lleno de cicatrices que me recuerdan lo que sobreviví.
He aprendido que no es justo comparar el ritmo del dolor. Que hay quienes se marchan y no miran atrás, y hay quienes se quedan atrapados en el recuerdo. Yo fui de los segundos. Y por eso mismo sé lo que cuesta salir.
“Un año después sigo entendiendo la misma verdad: que a veces para alguien eres todo… y yo para ese alguien, en realidad, no era nada.
Y no hay metáfora que lo alivie.
Duele. Y quizás duela siempre.”
Continuará…
Deja un comentario