934. Cuando aprendí a mirarme

By

Segunda entrada de la serie: De la herida a la esperanza.

Después de tanto dolor, hubo un día en que me descubrí frente al espejo.

No buscaba respuestas, ni siquiera consuelo; solo quería entender por qué había permitido que alguien ocupara tanto espacio dentro de mí, hasta dejarme vacío.

No fue fácil. Me encontré con un rostro cansado, con unos ojos que ya no brillaban igual y con un cuerpo que llevaba semanas sosteniendo un peso invisible. Y sin embargo, ahí estaba: vivo, roto, pero vivo.

Aprendí que sanar no era olvidar, ni tampoco correr hacia otra piel. Sanar era mirarme, aunque doliera. Reconocer mis heridas, mis errores, mi silencio en los momentos en que debía haber hablado, mis miedos en los instantes en que debía haber confiado.

Ese día entendí que había dejado de ser mi prioridad. Que me había acostumbrado a poner el corazón en manos ajenas y a conformarme con las migajas de afecto. Y que si quería avanzar, el primer paso no era esperarla a ella… era esperarme a mí mismo.

Sanar no fue inmediato. Fue aceptar que el dolor aún estaba, pero que podía empezar a caminar con él. Fue darme permiso para llorar sin sentirme débil, para escribir sin sentirme ridículo, para hablar sin sentirme un estorbo.

Ese día nació una verdad que ahora llevo tatuada en el alma: el amor más difícil, el que más cuesta, es el que uno aprende a darse a sí mismo.

Continuará…

Posted In ,

Una respuesta a “934. Cuando aprendí a mirarme”

  1. Avatar de Cruzar La Noche

    ¿sanar? Resucitar sería más apropiado, sin ese Yo que ha caído…

    Le gusta a 1 persona

Replica a Cruzar La Noche Cancelar la respuesta