Epílogo de la serie: “Lo que se queda y lo que se suelta”
Cinco capítulos para contar lo mismo: que amar duele.
Que lo entregué todo y aún así me quedé con las manos vacías.
Que me rompí intentando sostener lo que ya estaba destinado a caer.
Y que ahora camino con cicatrices que nadie ve, pero que laten cada vez que respiro.
No escribí esta serie para dar lecciones, ni para pintar el amor como algo fácil. La escribí porque necesitaba vaciarme, porque necesitaba darle palabras a un silencio que me estaba matando. Y descubrí que lo más difícil no fue perderla a ella, sino perderme a mí mismo en el proceso.
Sí, hubo decepción, hubo rabia, hubo noches en las que quise desaparecer. Hubo un “por qué” que me persigue todavía. Pero también hubo algo más: la certeza de que sobreviví. Y aunque a veces ese verbo me sepa a derrota, hoy entiendo que sobrevivir también es una forma de resistencia.
No sé si alguna vez dejará de doler, si algún día estas heridas se volverán solo un eco lejano. Lo que sí sé es que ya no soy el mismo. Que la herida me enseñó a ver mis sombras y a no esconderme de ellas. Que aunque me cueste, aunque tropiece, sigo eligiendo levantarme.
Y eso, al final, es lo único que importa.
Que sigo aquí. Que sigo escribiendo. Que sigo buscando.
Porque si este dolor es el precio de haber amado de verdad, entonces lo pago.
Y aunque escueza admitirlo… volvería a amar, aun sabiendo que podría romperme otra vez.
“Las cicatrices no son el final de la historia, son la prueba de que, incluso roto, decidí seguir viviendo.”
Continuará…
Replica a Óscar David Cancelar la respuesta