No hace falta odiar para cerrar una puerta. Tampoco hace falta buscar explicaciones ni gastar fuerzas en justificar lo que ya no merece explicación.
Cerrar es un acto silencioso, íntimo. No suena a reproche ni a rabia, suena a decisión.
Durante mucho tiempo nos aferramos a lo que nos hirió, convencidos de que quizá, si damos un paso más, si mostramos un gesto más, tal vez algo cambie. Y en ese intento nos vamos desgastando, apagando, perdiendo pedacitos de lo que somos.
Hoy lo entiendo: no es cuestión de seguir apreciando a quien ya no tiene espacio en mi vida. Es cuestión de apreciarme a mí, de rescatar toda la energía que antes gastaba en sostener lo insostenible.
La indiferencia no es frialdad, es libertad.
Es elegir no dar más valor a quien ya no lo merece.
Es dejar de alimentar egos ajenos para empezar a construir el mío.
No la odio, no la extraño, no la sigo.
Simplemente ya no la aprecio. Y en ese acto, que parece tan pequeño, encuentro la semilla de algo mucho más grande: la vida que quiero, con la gente que sí sabe quedarse, con las batallas que sí merecen ser peleadas, con la calma de quien al fin decide ser dueño de sí mismo.
“Dejar de apreciar lo que me destruyó es la forma más pura de volver a quererme.”
Continuará…
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