Primera entrada de la serie: “Donde se confunden”
Hay días en los que estar solo pesa como una condena.
El silencio se vuelve más ruidoso que cualquier multitud, y las paredes parecen recordarte todo lo que falta. En esos instantes, la soledad cala hondo, te hace dudar de tu valor, y sientes que el mundo entero sigue adelante mientras tú te quedas detenido en un rincón invisible.
Pero hay otros días en los que esa misma soledad se convierte en aire fresco. En posibilidad. En la certeza de que no necesitas a nadie más para andar, que el camino también puede ser tuyo y solo tuyo. Ahí, la soledad cambia de nombre y se viste de libertad. Ya no duele, ahora impulsa.
Y es entonces cuando entiendes que ambas, soledad y libertad, conviven en el mismo espacio. Que todo depende de cómo las mires, de cómo las habites. Que lo que un día se siente como un vacío insoportable, al siguiente puede transformarse en la llave que abre todas las puertas.
Porque tal vez la verdadera libertad no está en escapar de la soledad, sino en aprender a mirarla de frente… y descubrir que nunca estuvo vacía del todo.
“La soledad duele cuando la miras como ausencia; se vuelve libertad cuando la abrazas como presencia propia.”
Continuará…
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