Tercera entrada de la serie: “Donde se confunden”
Hay un pulso constante entre lo que muestro y lo que escondo. Por fuera, orgullo: esa máscara de hierro que hace creer que nada me toca, que todo me resbala. Por dentro, vulnerabilidad: un corazón que tiembla en silencio, que necesita un abrazo, aunque lo niegue con los dientes apretados.
El orgullo es mi armadura, mi escudo contra un mundo que nunca dejó de arañar. Pero esa armadura pesa. Y cada vez que alguien la golpea, resuena dentro, donde mis grietas se multiplican. No lo confieso. No lo muestro. Me aferro al gesto firme, aunque lo que quisiera en realidad es derrumbarme en un hombro que no me juzgue.
Vulnerabilidad no significa debilidad. Significa ser humano. Sentir. Romperse. Pero en esta guerra interna me enseñaron que mostrarla era perder, y entonces el orgullo siempre gana… al menos de puertas hacia afuera. De puertas hacia dentro, el precio es alto: soledad, vacío y un cansancio que se pega a la piel.
Orgullo es no pedir ayuda aunque me esté ahogando. Vulnerabilidad es querer gritar que necesito que alguien me saque del agua. Y en esa confusión he vivido demasiado tiempo: aparentando fuerza mientras me sangraba por dentro, creyendo que resistir era sinónimo de vencer.
La verdad es otra: no siempre se puede. Y no pasa nada. Lo que pasa es que aún me cuesta aceptarlo.
“El orgullo me protege del mundo, la vulnerabilidad me acerca a él. Y entre ambas, sigo sin encontrar el equilibrio.”
Continuará…
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