Cuando alguien se va, al principio parece que se lo lleva todo. Los planes, las risas, incluso la forma en la que veías el mundo. Como si arrancara de raíz una parte de ti que ni sabías que existía.
Pero con el tiempo descubres algo: no todo se lo lleva. Siempre queda algo. Un aprendizaje. Un reflejo. A veces, incluso una parte de ti que estaba dormida y que solo despierta cuando ya no hay nadie más alrededor.
Porque en cada despedida, aunque duela, también hay un renacer. Algo en ti empieza a reconstruirse con lo que queda, con lo que sigue, con lo que aprende a resistir cuando todo lo demás ya no está.
Y es entonces cuando entiendes que nadie puede llevarse tu esencia. Que aunque arranquen capítulos enteros de tu historia, la tinta siempre sigue siendo tuya.
“Se van personas, pero se queda lo que aprendiste de ti cuando se fueron.”
Continuará…
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