Dicen que el dolor y la rabia caminan juntos… y es cierto.
Pero también es verdad que en algún punto del camino, hay que aprender a dejarlos ir.
El dolor no se va de golpe, no desaparece porque quieras ignorarlo.
Necesita espacio, tiempo, y sobre todo, comprensión.
La rabia, en cambio, es fuego: si la alimentas, arrasa con todo; si la ignoras, te consume por dentro.
Por eso hay que aprender a soltarla.
No para justificar lo que dolió, ni para hacer como si nada hubiera pasado.
Soltarla es elegir que tu vida no se quede anclada al momento en que todo se rompió.
Porque la rabia pide venganza, pero el corazón lo que necesita es paz.
Y tarde o temprano, entiendes que la paz nunca llega cuando todo dentro de ti sigue ardiendo.
Soltar la rabia no es olvidar.
Es decidir que mereces un futuro que no dependa de las cenizas del pasado.
“Soltar no es rendirse… es elegir no vivir atado a lo que te destruyó.”
Continuará…
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