El tiempo no borra.
Las cicatrices siguen ahí, como mapas silenciosos de lo que dolió alguna vez.
Lo que hace el tiempo es distinto: te enseña a caminar con esas marcas, a respirar sin que el pasado te ahogue, a seguir viviendo, aunque no todo haya sanado del todo.
Aprendes —a veces tarde, a veces de golpe— que darlo todo por alguien es la forma más silenciosa de desaparecer.
Porque cuando te entregas por completo, cuando amas sin reservas, sin dejar nada para ti, corres el riesgo de perderte en la otra persona hasta que un día descubres que tu nombre ya no suena en tu propia historia.
Y entonces entiendes.
Que tu felicidad depende de ti.
Que no puedes ponerla en corazones que no saben sostenerla.
Que la paz no llega de fuera ni la trae nadie en sus manos.
Que hay que volver a uno mismo, porque ahí está la única llave para seguir viviendo sin vaciarse por dentro.
El tiempo no borra.
Pero enseña.
Y, si le dejas, te recuerda que algunas heridas sólo dejan de doler cuando decides no abrirlas nunca más.
“El tiempo no cierra heridas… pero te enseña a vivir sin sangrar en las mismas.”
Continuará…
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