Hace poco más de un año decidí empezar a escribir.
Al principio fueron solo pensamientos sueltos, palabras que no sabía a dónde llevaban pero que necesitaba sacar de dentro.
Tardé un poco en abrir el blog.
Tal vez por inseguridad, por miedo a que alguien lo leyera y se burlara, o por esa voz interior que te dice que tu historia no es lo bastante interesante como para llenar una página en blanco.
Quizá también porque yo mismo no veía valor en mis propias palabras.
Pero un día, sin saber bien por qué, decidí dar ese paso.
Y lo que empezó como un intento tímido se ha convertido en un refugio.
No solo mío, sino también de quienes leen, de quienes llegan con sus propios silencios y encuentran algo que resuena en ellos.
Un año después, este blog está lleno de cicatrices escritas, de esperanzas, de derrotas, de comienzos y finales, de todo lo que fui, de lo que soy y hasta de lo que aún no sé si seré.
Y lo más importante: está lleno de gente.
De personas que leen en silencio, que comentan con cariño, que me enseñan que escribir no es solo contar mi vida, sino abrir un espacio donde otras vidas también se encuentran.
Hoy sé que, si no hubiera dado ese paso, me habría perdido todo esto: las conversaciones, los abrazos a través de una pantalla, la certeza de que las palabras tienen peso, pero también pueden sanar.
Tardé en empezar, sí.
Pero cada día agradezco haberlo hecho.
Porque escribir no me ha dado todas las respuestas, pero me ha ayudado a vivir con más preguntas y menos miedo.
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