Hay preguntas que no esperas escuchar en voz alta. Te las haces tú mismo mil veces, las piensas en silencio, pero no imaginas que alguien tenga el valor de decirlas sabiendo lo mucho que duelen.
—¿De verdad la vas a esperar? —me preguntaron.
Como si esperar fuera una tontería. Como si dedicarle tiempo, pensamientos y emociones a alguien que sigue viviendo en ti fuera perder el tiempo. Como si amar, cuando no hay garantías, fuera un sinsentido.
La respuesta me salió sin pensarlo, casi con un nudo en la garganta:
—Sí. La voy a esperar.
Y no, no es porque no tenga opciones ni porque me falte valor para cerrar esta historia y seguir con mi vida. Es porque quiero. Porque sé que es ella. Porque no todos los días aparece alguien que te cambia la forma de ver el mundo, que se queda en tu cabeza aunque hagas todo por sacarlo.
—¿Y si no vuelve? —insistieron.
Y entonces lo entendí. Esperar no es quedarse quieto. No es mirar una puerta cerrada y dejar que la vida pase. Esperar, para mí, es aprender. Es crecer. Es sanar las heridas que me han dejado roto más de una vez. Es reconstruirme hasta que, si un día ella regresa, se encuentre con alguien distinto: con alguien que todavía la ama, pero que también aprendió a amarse a sí mismo.
La voy a esperar porque creo en lo que vivimos. Porque sé que no todo silencio es olvido, ni toda distancia es un adiós definitivo. Porque el amor verdadero no corre. No tiene prisa. Camina.
Continuará…
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