Hace tiempo escribí sobre el día que dejé de explicar mi dolor. Fue un punto de inflexión, aunque entonces no lo sabía del todo. Sentí que ya no podía seguir gastando fuerzas en justificarme, en detallar mis heridas para que otros entendieran que no era exageración, ni drama, ni debilidad. Simplemente era dolor.
Hoy, mirando hacia atrás, sé que aquel gesto fue más importante de lo que imaginaba.
No porque al dejar de explicar el dolor este desapareciera, sino porque aprendí a vivir con él sin entregarle mi voz a todo el mundo.
Comprendí que no todos merecen escuchar la historia entera, que no todos tienen que saber qué me rompe y qué me reconstruye. Entendí que guardar silencio también es un acto de dignidad, y que elegir a quién abrirle el corazón no me hace menos sincero, sino más consciente de mi valor.
Ese día, sin darme cuenta, empecé a recuperar terreno. Porque callar no siempre es resignación: a veces es la forma más clara de decir “ya no me desgasto más donde no me escuchan”.
Hoy sigo sintiendo, sigo cayendo y levantándome, sigo escribiendo. Pero ya no intento convencer a nadie de la profundidad de mis cicatrices. Ya no busco validación en los ojos ajenos.
Ese día dejé de explicar mi dolor.
Y con el tiempo descubrí que, sin darme cuenta, también empecé a explicarme a mí mismo.
Continuará…
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