Hay cosas que simplemente hay que soltar, aunque duelan. Personas que hay que dejar ir, aunque el corazón se resista.
Olvida a quienes te olvidan. A quienes te hicieron sentir que tenías que ganarte su atención. A quienes te enseñaron que su presencia era un privilegio y no un intercambio de cariño.
Deja que termine. Deja que duela. Deja que sane.
Porque no hay crecimiento sin cierre, ni cierre sin dolor. A veces no se trata de entender por qué todo cambió, sino de aceptar que ya no eres la misma persona que aguantó tanto.
No fuerces tu importancia en la vida de nadie. No insistas donde ya no te esperan. No te quedes donde tienes que justificar tu lugar. Quien quiere estar, se queda. Quien ama, demuestra. Quien valora, no pone condiciones para hacerlo.
Y si algún día vuelven, recuerda cómo se fueron. Recuerda los silencios, las ausencias, las explicaciones que nunca llegaron. Recuerda cuánto te costó reconstruirte y no permitas que el pasado vuelva a vestirse de esperanza.
Las palabras mienten, las acciones no.
El amor, cuando es verdadero, se nota. No confunde, no desaparece, no lastima a propósito. Y si lo hizo, no era amor, era apego, era costumbre, era miedo.
Todo sucede por una razón. A veces perder a alguien es la única forma de encontrarte.
Por eso, mantén la calma. No busques justicia donde la vida ya decidió equilibrar sola.
Porque la paz —esa que llega después del caos, la que se siente en el pecho cuando por fin dejas de esperar— siempre será mejor que la venganza.
Porque nada libera más que saber que ya no necesitas demostrarle nada a nadie.
Y ahí, justo ahí, cuando eliges tu tranquilidad antes que la herida, es cuando realmente comienzas a sanar. 🕊️
Continuará…
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