Durante mucho tiempo pensé que el silencio era neutral. Que “dejar pasar”, “dar espacio” o “no hablar” era una forma adulta de evitar conflictos. Hace poco entendí que no siempre es así. Hay un silencio que abriga… y otro que castiga.
¿Qué es el “trato silencioso”?
Es retirar la palabra, la atención o el afecto de forma intencional para castigar, controlar o provocar culpa en la otra persona. No es una pausa para regularse; es una táctica pasivo-agresiva que busca someter o manipular. Varias fuentes lo describen como una forma de abuso emocional cuando se usa repetida o sistemáticamente.
No confundir: “necesito calmarme” con “te castigo con silencio”
– Tomar aire para no escalar puede ser un mecanismo de autoprotección momentáneo.
– El “trato silencioso” se usa para herir y controlar (“te ignoro hasta que cedas”). La intención y la duración lo diferencian.
¿Por qué duele tanto?
El cerebro procesa la exclusión social como una amenaza real; el vacío de respuesta dispara ansiedad, confusión y baja autoestima. Con el tiempo, la relación se llena de incertidumbre (“no sé cuándo me hablará”) y uno aprende a caminar en puntillas.
Señales de que el silencio dejó de ser saludable
– Aparece tras “castigos” o desacuerdos y sólo termina cuando cedes.
– Se usa para evitar responsabilidad (“si no hablo, no asumo nada”).
– Va acompañado de retirar afecto, planes o presencia para doblegarte.
– Te deja pidiendo explicaciones una y otra vez… sin respuesta.
Lo que me pasó (y quizá a ti también)
A mí también me aplicaron el silencio como castigo y no lo vi. Lo confundí con “tiempos”, con “ya se le pasará”. Mientras tanto, yo me desvivía por arreglar lo que ni siquiera me permitían comprender. Entendí tarde que cuando tu voz no tiene dónde caer, el vacío te responsabiliza de todo.
¿Qué podemos hacer si nos castigan con silencio?
– Nómbralo sin atacar: “Cuando me dejas de hablar días enteros, me siento castigado; necesito que hablemos del problema en un tiempo acordado.”
– Pacta límites temporales: “Si necesitamos calmarnos, que sea hasta tal hora; luego volvemos y hablamos.”
– No negocies bajo presión: no cedas solo para que te “devuelvan” la palabra.
– Protege tu autoestima: apóyate en redes seguras (amistades, terapia). El objetivo del castigo es aislarte; tu antídoto es conexión.
– Observa la pauta: si el silencio se repite como herramienta de control, es bandera roja. La paz no se mendiga.
Si estás del otro lado
Si te ves retirando la palabra, pregúntate:
¿Estoy regulándome o castigando? ¿Puedo avisar: “necesito 30 minutos y vuelvo”? ¿Estoy dispuesto a retomar y reparar? El amor adulto no desaparece para ganar; se pausa para cuidar y regresa para entender.
Una nota sobre cultura y hábito
En algunos entornos el “callar” se aprendió como forma de mantener la armonía. Pero ese mismo patrón, trasladado a pareja o amistad, puede volverse dañino si se usa para evitar, controlar o castigar. Vale la pena revisar lo aprendido y elegir otra forma.
Si te reconoces aquí
No es que “pidas mucho”; pides vínculo. Pedir palabra, tiempos claros y responsabilidad afectiva no es dramatizar: es ponerle dignidad al amor. Si la otra persona no puede —o no quiere—, quizá lo más amoroso (también contigo) sea dejar de golpear a la misma puerta.
“El silencio que cuida es pausa; el que hiere es castigo. Aprende a distinguirlos y elige tu paz.”
Continuará…
Deja un comentario