El tiempo no borra.
Eso es una mentira bonita que nos contamos para aliviar el peso de los recuerdos.
El tiempo no borra, enseña.
Nos obliga a mirar las mismas heridas desde otros ángulos, a comprender lo que antes solo dolía.
Nos empuja a aceptar que no todo lo que perdimos debía quedarse, y que no todo lo que nos marcó fue injusto: a veces simplemente era necesario para hacernos diferentes.
Y sí… el tiempo no borra, pero nos enseña a vivir distinto. A no esperar lo mismo de todos, a no repetir los mismos errores, a soltar sin miedo lo que ya no sostiene.
Dar todo de uno mismo es hermoso, pero también puede ser la forma más silenciosa de desaparecer.
Porque cuando uno da sin medida, sin pausas, sin dejar nada para sí, corre el riesgo de desdibujarse.
Se empieza entregando el alma por amor, y sin darse cuenta, se termina sin alma para uno mismo.
El amor sano no debería doler tanto.
Amar no es desaparecer; es compartir sin perderse.
Es cuidarse para poder cuidar, no vaciarse para demostrar.
Y en medio de todo ese aprendizaje, llega una verdad que cuesta entender:
Tu felicidad depende de ti, no la pongas en corazones que no son tuyos.
Porque nadie, por más amor que sientas, tiene la obligación de salvarte de tus propios vacíos.
La felicidad no se delega, se construye.
Y cuando aprendes eso, algo cambia dentro: dejas de buscar refugio en quien no sabe quedarse, y empiezas a encontrar paz en quien no pretende huir.
A veces, ese “quien” eres tú mismo.
El tiempo no borra, pero enseña.
Dar todo de ti puede doler, pero también te muestra tus límites.
Y entender que tu felicidad depende de ti… es, quizás, la lección más difícil y más necesaria de todas.
Continuará…
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