Recuerda: el objetivo es gustarte a ti.
No al mundo, no a quien no te entiende, no a quien solo te mira cuando brillas, ni a quien desaparece cuando te apagas.
Gustarte a ti implica reconciliarte con lo que eres, con tus luces y tus sombras, con lo que hiciste bien y con lo que aún te cuesta perdonarte.
Gustarte no es vanidad, es respeto.
Respeto por lo que fuiste, por lo que sobreviviste, por lo que sigues intentando mejorar, aunque nadie lo vea.
Durante mucho tiempo, vivimos pendientes de las opiniones ajenas.
De cómo nos ven, de cómo nos juzgan, de si somos “suficiente” para alguien.
Y en ese intento por agradar, acabamos olvidándonos de nosotros.
Nos vestimos como esperan, hablamos como quieren, sentimos lo que nos permiten.
Y llega un punto en el que, sin darnos cuenta, somos una versión distorsionada de lo que fuimos.
Pero un día algo se enciende dentro.
Un clic, una sacudida, una herida que ya no duele igual.
Y entiendes que gustarte a ti es mucho más importante que gustarle a cualquiera.
Que el amor propio no es egoísmo, es supervivencia emocional.
Gustarte a ti es mirarte al espejo y no necesitar aprobación en otros ojos.
Es saber que mereces cariño, incluso cuando no estás en tu mejor momento.
Es caminar con la cabeza en alto, no porque no tengas heridas, sino porque aprendiste a seguir adelante con ellas.
Y cuando llegas ahí, algo cambia: dejas de mendigar atención, dejas de justificar tus emociones, dejas de pedir permiso para ser tú.
Así que sí, recuerda: el objetivo es gustarte, sobre todo a ti.
Y que no te importe una mierda lo que piensen los demás.
Porque al final del día, quien tiene que convivir contigo, cada mañana, cada noche, eres tú.
Continuará…
Deja un comentario