El tamaño de los monstruos dependerá del miedo que les tengas.
Porque los monstruos no viven debajo de la cama, viven en la cabeza.
En esos pensamientos que no sabes cómo callar, en los recuerdos que vuelven cuando cierras los ojos, en los “y si…” que no te dejan dormir.
A veces los monstruos tienen nombres.
El de una persona que te rompió, el de una herida que no cierra, el de un miedo que no se atreve a decir su nombre.
Otras veces no tienen rostro, sólo una sombra que se cuela entre tus dudas.
Y cuanto más los temes, más grandes se hacen.
Se alimentan de tu silencio, de cada vez que eliges callar por miedo a fallar, de cada vez que te quedas quieto para no perder.
Hasta que un día descubres que el verdadero poder nunca estuvo en ellos, sino en ti.
Porque los monstruos se reducen cuando decides mirarlos de frente.
Cuando te atreves a nombrarlos, a aceptar lo que duele sin huir.
Y poco a poco entiendes que no eran tan enormes, que sólo parecían gigantes porque los mirabas desde el suelo.
Los miedos pierden fuerza cuando los enfrentas, las heridas se curan cuando las reconoces, y los monstruos desaparecen cuando dejas de darles miedo para comer.
Así que, si hoy los ves cerca, míralos sin temblar.
Recuerda:
“El tamaño de los monstruos dependerá del miedo que les tengas.”
Y tú ya no eres el mismo de antes.
Continuará…
Deja un comentario